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| El
sueño de Don Quijote en toda la efervescencia rusa,
interpretado por el Ballet Eifman de San Petersburgo.
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Un
Quijote en Nueva York
Por Célida
P. Villalón (USA)
En
su quinto viaje a Nueva York, el Ballet Eifman de San
Petersburgo, trajo consigo casi todas las obras de Boris
Eifman -su fundador y único coreógrafo-,
vistas con anterioridad en esta ciudad, más dos
estrenos: "Don Quijote, o las Fantasías de un
Loco", con la música original de Minkus, y "Pinocho",
con música de Offenbach.
La
historia cervantina, leída hasta la saciedad
por los que aman la prosa de Don Miguel de Cervantes,
el ilustre Manco de Lepanto, ha sido llevada por Eifman
más allá de las fantasías quijotescas.
Sitúa al paladín de mujeres indefensas
e ilustre luchador contra molinos de viento (en este
caso, Alexander Rachinsky) y a su secuaz, Sancho Panza
(Almaz Shamyraliev), en un asilo de locos simpáticos,
a los que vigila una doctora (Agata Smorodina) que se
deduce que es una fémina por usar zapatillas
de punta, y poseer alargadas extensiones de piernas
propias de las mujeres. No obstante, su personalidad
resulta totalmente andrógina.
El
decorado de Slava Okunev, enseña unos arcos corpóreos
de dos pisos que permiten ver detrás un telón
de fondo que recuerda a un alegre pueblo de Andalucía
bañado de sol. El sombrío manicomio aparece
al cerrar un sencillo ciclorama azul oscuro que envuelve
el escenario.
El acompañamiento, como otras veces, fue electrónico.
Las
escenas de los locos resultan las mejores logradas coreográficamente.
Estos bailarines se contorsionan, ruedan por los suelos,
brincan, se cubren la cabeza con cubos, y actúan
como verdaderos orates, en el irreverente estilo clásico-dramático
de Eifman. Rachinsky es un bailarín extraordinariamente
alto, y el vestuario gris que usa, lo asemeja como una
gota de agua a otra, a una de las conocidas figurillas
de porcelana de Lladró, muy apreciadas en el
mundo hispánico. Por lo demás, Eifman
convierte su Quijote (también llamado El Paciente)
en el personaje central del ballet, que en otras versiones
es reducido solamente a caminar por la escena. Aquí,
además de estar rematadamente loco, tiene infinidad
de bailes que ejecutar, muchos de ellos acrobáticos,
que el bien articulado intérprete del personaje
titular vence fácilmente. En contraste con su
tamaño, el pequeñín y ligero Shamyraliev,
es el ideal Sancho Panza (u Otro Paciente).
Donde
Eifman esta vez no ha estado correcto es en mezclar
su coreografía moderno-dramática con la
más académica de Petipa (con algunos arreglos),
que utiliza en los sueños románticos del
Quijote. Ambos estilos son totalmente diferentes. Por
supuesto que aparece la pareja formada por Quiteria
o Kitri (Alina Solonskaya) y el barbero Basilio (Yuri
Ananyan), el rico pretendiente Camacho o Gamache (Sergei
Zimin) y Lorenzo (Vadim Domark), el padre de Kitri,
todos de la historia original. En el coro, hay mujeres
ataviadas como sevillanas (aunque en las notas del programa
se menciona Barcelona como la ciudad del ensueño),
toreros y campesinos. Más allá de la práctica
que Eifman infiltra en los miembros de la compañía,
se hace difícil que éstos dominen las
sutilezas de la danza que Petipa sabía emplear
con tanta propiedad. La Solonskaya es una bailarina
demasiado atlética: Puede ejecutar treinta y
dos "fouettés", aunque no perfectos, y también
varios "pirouettes", si bien cuando se sube sobre la
punta de los pies, éstos, ni están correctos,
ni se ven hermosos, y otro tanto sucede con Ananyan,
que gira en "jetés" alrededor de la escena. Empero,
unos cuantos saltos no necesariamente denotan la magnificencia
de un verdadero artista. Por otra parte, el orden de
la partitura musical ha sido alterado (además
de añadírsele unos largos compases de
la música de "Paquita", del mismo compositor),
y el baile de las Driadas y Cupido, originalmente del
acto segundo, sirve para acompañar los movimientos
espasmódicos de los locos en las primeras escenas
de la obra. El famoso Grand Pas de Deux del final, también
es bastante distinto: Eifman convierte el solo de Kitri,
al compás del rasgueo del arpa mientras coquetea
con el abanico, en un Pas de Trois cómico, donde
intervienen ella, Lorenzo y Gamache.
No es posible olvidar a la doctora andrógina,
quien además de pitar un silbato con frecuencia,
para llamar a los locos al orden, entrega al alucinado
Quijote un aro (o anillo hawaiiano), como si quisiera
castigar al hidalgo reduciendo su realidad al tamaño
de un juguete. Los otrora gitanos del campamento son
ahora personajes de estos tiempos, entre los que aparece
una joven a punto de ser violada (que pudiera ser Kitri
y Dulcinea a la misma vez), de la que Quijote se prenda,
recibiendo una gran paliza por tratar de defenderla.
En fin de cuentas, sus sueños lo llevan fuera
del manicomio una vez más, para mezclarse con
el pueblo que baila alegremente en celebración
de la boda de Kitri y Basilio.
Pese
a todo lo apuntado anteriormente, la colonia rusa allí
presente -entre los que trataba de pasar desapercibido
el gran Baryshnikov- aplaudió estruendosamente
lo que había presenciado en el escenario.
Si
deseas enviar un e-mail a Célida P. Villalón,
puedes hacerlo a info@danzarevista.com
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Una
noche especial
La
noche del estreno tuvo una significación
muy personal para quien esta líneas suscribe:
Entre el público encontramos a un admirado
y nunca olvidado amigo bailarín que vivió
en La Habana cuando la isla de Cuba era conocida
como "la perla de las Antillas": Nos referimos
a Richard Thomas, (Dickie para sus amigos), un
"gringo" que formaba parte de la danza de esa
época, gran maestro de ballet actualmente
y padre del John Boy, de la antigua serie de los
Walton, quien continúa hablando el español
como un cubano cualquiera. La noche prontamente
se llenó de recuerdos hermosos, de épocas
desaparecidas y seres queridos que ya no están
entre nosotros.
C.P.V.
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Por
la Patria
Por Célida
P. Villalón
Como
es costumbre en cada primavera, la temporada del Ballet
Tech dio comienzo en el teatro Joyce. En la nueva serie
fueron anunciadas tres premieres, todas del director
y coreógrafo, Eliot Feld, entre las que "Lincoln
Portrait" (Retrato de Lincoln), el primer estreno, prometía
ser el más interesante, no solo por estar basado
en las palabras de Abraham Lincoln, sino por usar la
música "Fanfare for the Common Man" y "Lincoln
Portrait", de Aaron Copland, y por contar con la narración
de Sam Waterston (el conocido fiscal McCoy, de la serie
de televisión, "Law and Order").
Resulta
difícil, aunque no imposible, pensar que el rebelde
Feld, que evadió el servicio militar obligatorio
en la era de Vietnam por razones de conciencia, ahora,
en su edad madura y después de haber presenciado
los ataques recientes del 11 de septiembre en su ciudad
natal, haya decidido rendir tributo a uno de los hombres
más prominentes de la historia del mundo, y especialmente
de esta gran nación. "Retrato de Lincoln" (que
no es una obra coreográfica en sí, sino
un postulado teatral con movimientos de danza interpolados)
no trata solamente sobre las palabras del decimosexto
presidente de los Estados Unidos, ("para el pueblo,
y por el pueblo"), sino sobre las diversas etnias que
hoy día forman parte del país que Feld
ha llamado "de inmigrantes" en el New York Times del
17 de marzo de 2002.
Con
trece miembros de la compañía integrando
la parte bailable, ataviados con sencillos "unitards"
color azul, el resto del personal está compuesto
por cuarenta y cinco personas de todos tamaños,
colores y nacionalidades, provenientes de distintos
caminos de la vida, vestidos según diseños
de Mirena Rada. La labor de esta disímil muchedumbre
de mayores, jóvenes y hasta bebitos en brazos,
es reducida unas veces a moverse lentamente de un lado
a otro de la escena, ataviados con trajes que incluyen
modas desde el Siglo XIX, hasta el presente. En otras
secuencias, silentes y atentos, se sientan en tarimas
para observar a los bailarines interpretar algunas rutinas,
y escuchar a Waterston repetir sin exageraciones y con
excelente dicción, las palabras del gran hombre.
¿Qué
mensaje puede entregar este pueblo mudo al público
que observa curiosamente? En tanto los predicados de
Lincoln -en la clara voz de Waterston- resuenan al acompañamiento
de las fanfarrias de partituras de Copland, las personas
que llenan el escenario vuelven a moverse con paso firme
y tranquilo de un lado a otro. A veces entretejen diseños
al caminar, fijan la vista en el frente u ojean al público.
Esas miradas elocuentes, esos ligeros movimientos de
cabeza, expresan mucho. Feld ha echado mano a simples
seres humanos, para hacer llegar al público,
su recado muy personal sobre "quiénes somos y
hacia dónde vamos". Su habilidad de maestro hace
posible discernir el aviso. Después, solo resta
enarbolar con orgullo la enseña de las trece
líneas y cincuenta estrellas.
Si
deseas enviar un e-mail a Célida P. Villalón,
puedes hacerlo a info@danzarevista.com
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Desborde
Flamenco
Por Maritza
Gueler (USA)
Tal
como ocurre con muchos bailaores flamencos, Antonio
Márquez se inició en este arte desde muy
temprana edad y formó parte del Ballet Nacional
de España dirigido, entonces, por el ya mítico
José Antonio. Después de convertirse en
uno de los principales bailarines de esa compañía,
en 1995 formó la Compañía Española
de Antonio Márquez.
En
su primera visita a los Estados Unidos, presenta un
programa integrado por tres obras. Cada una de ellas
integra diferentes "palos" del baile flamenco. Una escenografía
sobria y sin efectos especiales caracterizan a esta
propuesta que podría encuadrarse dentro de la
corriente del nuevo flamenco desde el punto de vista
de los tradicionalistas a ultranza.
"Reencuentros",
la primera obra que presentó la compañía
en el Zellebach Hall de UCBerkeley, es una fusión
estilizada de la danza flamenca. Castañuelas
y zapateo se integran a la partitura de Emilio de Diego
en una difícil equivalencia sonora. Sobre esa
base, José Granero, uno de los artífices
de los éxitos del Ballet Nacional de España,
construye una coreografía en la que los bailarines
guardan su individualidad. Trabajos de conjunto, un
diseño espacial interesante y un juego permanente
con simetrías y asimetrías, permiten que
esta obra crezca en efectos.
La
segunda recreación, "Zapateado", muestra a un
bailarín que intenta seguir, en parte, la herencia
de los dos Antonio (Ruiz Soler y Gades). Si bien rescata
la idea y la intención, su protagonismo no deja
lugar al bailarín puro que busca en la esencia
del lenguaje flamenco. Fuerza y energía físicas
no le faltan para lanzarse a semejante desgaste. La
técnica de base existe.
Sin
embargo, aquella línea, aquellas sutilezas y
filigranas sonoras que lograba Gades "a capella" en
sus zapateados, están ausentes en Márquez.
No obstante, su trabajo, posee dinámica, intensidad
y ritmo. La música de Pablo Sarasate apoyó,
en parte esta energética coreografía.
"Bulerías",
"alegrías", "romeras" y "farrucas" integran la
base musical de "Movimiento flamenco", una obra con
músicos en vivo, al mejor estilo del folklore
tradicional. Desde lo musical, el grupo optó
por la fusión, elección adoptada desde
hace más de una década por las nuevas
compañías. La coreografía de Javier
de la Torre se inclina por movimientos elementales,
apela al recurso de los mantones como una forma de realzar
los efectos especiales a nivel escénico. La pieza,
que definitivamente se instala dentro del flamenco fusión,
pasa por diferentes momentos y no se escapa de la tentación
de incluir cierta cuota erótica que parecería
estar fuera de contexto.
Antonio
Márquez es, sin duda, el centro absoluto. Se
esmera para ello y hasta cae en el exceso. Ajustada
en el desarrollo coreográfico, la compañía
se luce, aunque todavía no ha llegado al entendimiento
necesario.
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Antonio Márquez y su compañía
en "Movimiento flamenco", una obra con músicos
en escena y aires renovadores. Foto: Paco Ruiz.
Gentileza de Cal Performances. |
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| En
"Las ocho estaciones", Wainrot se instala en la
estética de los llamados ballets "sinfónicos".
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En
ocho tiempos
Por Enrique
Honorio Destaville (Argentina).
El
Ballet Contemporáneo se presentó nuevamente
en el gran espacio del Luna Park. Es la meta perseguida
por su director Mauricio Wainrot, simultáneamente
coreógrafo del estreno de "Las Ocho Estaciones".
Ballet de marcado estilo neoclásico que tiene
similares características con dos obras anteriores,
"El Mesías" y "Carmina Burana", a las que quitó
todo hilo argumental y referencia anecdótica,
dentro de un reconocible molde que le ha dado notoriedad.
El coreógrafo se ha encauzado así -y pese
a diferencias de estilo- en una senda que se acerca
a los llamados ballets "sinfónicos", categoría
iniciada en los años í30 por Leónidas
Massine. Wainrot se ha identificado con la estética
de la belleza (alejada de sus primeras obras neoexpresionistas
y de danza-teatro, plagadas de tratamiento psicologico)
y por otra parte, con la música del barroco y
del clasicismo.
Pero
las aquí elegidas "Estaciones" de Vivaldi vienen
sagazmente unidas a las cuatro de Astor Piazzolla, atrayente
música con algo del Buenos Aires vigoroso y sentido,
notablemente compaginada a la tan disímil del
"prete rosso" (el verdadero Antonio Vivaldi: sacerdote
y pelirrojo). Y es aquí donde Wainrot coreográficamente
logra lo que Vivaldi a su música: la intensa
alegría de vivir, unida a momentos de gran tensión
espiritual en la danza.
Si a la base clásica ha adicionado nuevas formas
y libertad en el movimiento de los brazos, a la obra
entera le imprime musicalidad y dinamismo. A lo danzado
sobre Vivaldi corresponde mayor cantidad de bailarines
en movimiento, en tanto una leve atmósfera intimista
acompaña al reducido grupo que baila sobre los
compases de Piazzolla.
Toda
la obra se halla articulada en fragmentos coreográficos:
allegros y presto, danzados por numerosos intérpretes.
Largos y adagio posibilitan el lucimiento en solos o
en parejas. Pero claro está, toda la parafernalia
de rápidos pasos, giros, cambios de frente, caería
implacablemente si no estuviese sostenida por una extraordinaria
compañía como es el Ballet Contemporáneo
del Teatro San Martín. No es un elenco probado
aún a fondo en la expresividad (de hecho, las
obras contemporáneas allí trabajadas no
llegan a esas profundidades), pero en cambio, han alcanzado
un nivel técnico superlativo, inhabitual en las
troupes argentinas, producto del rigor y la disciplina.
Allí el éxito lo comparte Wainrot-director
con el equipo de maestros (Wiedmann-Galizzi-Giancaspro-Romero):
pequeño pero olímpico. Entre los bailarines
de mayor virtuosismo técnico, que aportan un
poco de expresividad ante música tan sensitiva
se destacan Christian Pérez, Francisco Lorenzo,
Analia Kispal y Elizabeth Rodríguez. Carlos Gallardo
vistió con elegancia al elenco, dió un
toque histórico a la forma de las faldas, mientras
Silvia Rivas y Eli Sirlin aportaron sugestivo video
la primera, y adecuada iluminación el segundo.
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Virtuosismo técnico y perfección
en una obra que incluye música de Vivaldi
y de Piazzolla.
Fotos: Alicia Rojo. Gentileza del Teatro San
Martín. |
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