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Isadora
Duncan
Por Mario
Giromini Droz
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origen del arte llamado moderno no se puede buscar en
simples rupturas estéticas o en naturales variables
del gusto, sino en los hechos sociopolíticos y culturales
que hicieron eclosión en las primeras décadas del novecientos.
La danza tampoco permaneció indiferente a los profundos
cambios. Se expandió en forma tumultuosa, invadió otros
géneros de espectáculos y absorbió múltiples influencias.
Las formas tradicionales evolucionaron, las tendencias
opuestas se enfrentaron. Las corrientes renovadoras
impactaron sobre un estatismo inamovible desde el Romanticismo.
A pesar de las diferencias conceptuales todos los renovadores
reconocen un antecedente común: Isadora Duncan.
La obra de esta singular mujer, nacida en San Francisco
(Estados Unidos) posibilitó que también la danza pudiera
inscribirse como movimiento vanguardista en el conjunto
del arte del Siglo XX. Preparó el camino, como inspiradora,
para el movimiento que sobrevino en Alemania durante
la República Socialista de Weimar (1919-1933); sentó
las bases para la Gimnasia Rítmica de Dalcroze y marcó
los primeros pasos de Laban, Wigman, Ruth StíDenis y
Ted Sahún. Su influencia fue tan poderosa que enriqueció
también a la danza académica. Fokine, Nijinsky y hasta
el mismo Balanchine en algunos momentos, introdujeron
las concepciones estéticas de Duncan.
En aquella época el ballet académico se había convertido
en disciplina muscular, carente de inspiración. El método
exhaustivo había agotado el espacio esencial de la danza,
tanto como la energía creadora del bailarín. Isadora
liberó a la danza del la rutina de los ejercicios idénticos
y discontinuos, descartó el atavío, las zapatillas,
la malla, el decorado y cuanto accesorio se conocía
hasta entonces. Introdujo la cortina neutra de fondo,
propio de los escenógrafos de vanguardia, impuso la
asimetría y rompió con la tradicional actitud de someterse
a la medida y al control. Mezcla de ángel y demonio,
de fuego y ternura, representa la, entonces, nueva imagen
de la danza en franca oposición a lo establecido por
la academia.
Su postura no se limitó a la danza. Más bien fue el
reflejo de lo que pensaba de la vida. Luchó intensamente
contra medios hostiles y condicionados respecto de los
derechos de la mujer y su libertad, tanto en el orden
político, económico, social y espiritual. Más allá de
todo eso estaba la pujanza inextinguible de una meta
que fue su estrella hasta el fin: la danza tal como
la sentía, es decir, como la libre expresión de emociones
y sentimientos que se plasman en movimientos sin esquemas
previos y sin otra escuela que la propia imaginación.
Quizás fue su mismo temperamento artístico lo que la
volcó a una vida privada intempestiva y contradictoria.
Nació en 1878, recorrió el tiempo más allá de lo cotidiano
y vigente. Truncó su vida en un accidente automovilístico
con el mismo vértigo con el que la vivió. El 14 de septiembre
de 1927, en Niza, los largos flecos de su chal de seda
se enredaron en la rueda de una Bugatti de carrera y
la estrangularon.
Con la misma espontaneidad envolvente de su arte, amó
por amor a la estética, al talento, a la belleza. Se
unió por primera vez a Gordon Craig, iniciador de una
verdadera revolución escenográfica. Entre la ternura,
el hambre, la incomprensión y el desafío, Isadora encontró
en Craig al padre de su primera hija, Deirdre, y a un
maestro que la cubrió de gasas y revistió los escenarios
como hasta entonces nunca se había hecho. El acuerdo
de no casarse fue mutuo. La separación careció de angustia:
ambos comprendían que el arte estaba más allá del amor
que se tenían. El segundo encuentro amoroso estable
fue con Paris Singer, uno de los hombres más ricos de
su tiempo. Con él Isadora pudo iniciar la enseñanza
de su arte. El poderoso empresario no llegó nunca a
comprender por qué esa mujer se negaba a casarse a pesar
de las reiteradas proposiciones antes y después de nacer
el hijo de ambos, Patrick.
El capítulo más trascendental en la vida de Isadora
comienza la tarde en que ambos niños van a dar un paseo
en un auto que se desliza inexplicablemente en las aguas
del Sena, y mueren los dos niños y el chofer. Esta tragedia
definitiva marca la existencia de la genial artista.
Más allá del dolor, de la angustia irreparable, del
alcohol que bebía sin descanso, la Duncan encontró en
la danza un refugio que, si bien no le posibilitaba
olvidar, al menos le daba la oportunidad de continuar
existiendo a travé del talento. En su segundo viaje
a Rusia se casó con Sergei Essenin, quien al separarse
después de escandalosas disputas por toda Europa, se
quitó la vida.
Entre amores furtivos, recuerdos tortuosos y apremios
económicos, lograba aún a los 40 años
arrasar en cualquier escenario con todas las primeras
figuras del ballet. Su sola presencia, su primer gesto,
eran ya causa de ovación. Francesco de Ecli Negrini,
quien organizó en Niza su penúltimo recital
observó: "En esa oportunidad danzó 'Marcha
Fúnebre' de Chopin. Me cuesta decir lo que era
la imagen de esa extraordinaria mujer en su interpretación.
La vi llorar en su silencio, en cada gesto, en cada
paso. La vi con la misma grandeza de cualquiera de sus
interpretaciones. El tiempo no hacía mella en
su arte, su primer y último amor." También
Miguel Pacheco expresó acerca de uan de sus últimas
presentaciones en el Trocadero de Paris, un año
antes de su muerte. "A los acordes de los bronces wagnerianos,
aquella mujer, estatua trágica del dramatismo
lírico, envuelta en gasas grises y subrayando
los compases germanos con monotonía patética,
simbolizaba el grito de libertad de la Nueva Idea."
Rodin descubrió en sus danzas "el arte entero
y soberano", Rubén Darío la llamó
"la de los pies desnudos" y conservó su imagen
hasta el final de los días. Igor Stravisnky la
consideró un genio. Tal vez las mejores definiciones
de su estilo las haya dado ella misma cuando dijo: "Quiero
crear la danza que exprese a los hijos de América.
Traer al teatro el sonido vital de que carece el alma
del movimiento. Yo busco que la fuente de la expresión
espiritual fluya hacia los canales del cuerpo, colmándolos
de vibración y de luz: las fuerzas centrífugas
reflejándose en la visión espiritual,
no como un espejo cerebral, sino como espejo del alma.
Esta es la visión que se expresa en mi danza."
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Si
deseas enviar un e-mail a Mario Giromini Droz, puedes
hacerlo a info@danzarevista.com
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Isadora
en Atenas. 1903.
Foto Archivo. |
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