EL 77† ANIVERSARIO DE LA CREACION DEL BALLET ESTABLE DEL TEATRO COLON
Según pasan los años
Por Enrique Honorio Destaville (Exclusiva desde Argentina)

l año 1925 representa un hito histórico en la vida del Ballet Estable del Teatro Colón. Es el año de su creación, decidida tanto para evitar las constantes contrataciones de bailarines en el exterior cuanto por los deseos de promover el surgimiento de artistas locales. Una decisión de ese calibre no podía originarse sola. Había un grupo de amantes de la danza, de personas muy cultas que intentaban orientar el arte de la danza por los caminos del crecimiento y del perfeccionamiento. Este núcleo se parecía al que acompañó el debut y la carrera artística del Ballet Russe de Diaghilev: Algunos músicos, gente de las letras, de la pintura, ciertamente nutrido por integrantes de la alta sociedad argentina, estaba en contacto y en acercamiento con los ideales artísticos de las manifestaciones culturales de Europa occidental. También había otro numeroso grupo más bien llevado por la intuición y por las emociones que acompañaba entusiastamente las manifestaciones de la danza. Hacer nombres de los principales gestores: No podemos obviar a Enrique Telémaco Susini, admirador en Europa de la labor de Diaghilev y su Compañía y de Boris Románov (Ballet Romantique Russe). A su favor tenía dos grandes personalidades, el Presidente de la República don Marcelo T. de Alvear y su esposa Regina Paccini, protectora de artes y artistas. Tampoco puede olvidarse a los bailarines residentes de los últimos años a la Municipalidad de Buenos Aires, avalada en la iniciativa por crítica y público. La importancia del compositor Floro Ugarte (en labores directivas), la de quien sería figura de peso en la administración del Teatro Colón: Cirilo Grassi Díaz, y, finalmente, las madres de quienes estudiaban la danza. Y ya sabemos hasta dónde pueden las madres... Todos ellos influyeron en la creación del Ballet Estable del Teatro Colón. Pero para "empujar" definitivamente a quienes debían decidir, faltaba la opinión de acreditados maestros de la danza. Ellos serían Kyasht y Bolm.

Es que en ese año, 1925, se había contratado al bailarín y maestro ruso exiliado Georgi Kyasht y a Adolf Bolm, formados en la Escuela Imperial de San Petersburgo. Estos artistas encararon las danzas de óperas, y luego las coreografías ya para la incipiente compañía, ya para los alumnos de la clase de danza del Conservatorio Nacional de Música y Declamación. Como primeras figuras los acompañarían Anatol Vilzak y Ludmila Schollar (estrellas del Ballet de Diaghilev), Aimée Abramova, Ruth Page, la bella Ana Ludmila y Giuseppe Bonfiglio. Los tres últimos procedentes de los Estados Unidos y actuantes en la Ópera de Chicago y el Metropolitan de Nueva York.

La casi exclusiva intervención de argentinos en la puesta de la ópera "Thaïs" (Massenet-coreografía de Kyasht) determinó que la comisión que dirigía el Teatro (a su vez, designada por la Municipalidad de Buenos Aires) resolviera montar otra ópera. La elección recayó en una muestra del arte lírico ruso: "El Gallo de Oro" (Rimski-Korsakov) en versión lírico-coreográfica y espectacular escenografía de Sudeikin, que se trajo desde los Estados Unidos. Adolf Bolm repuso para este acontecimiento la coreografía original -concebida para la puesta en el país del norte- de Mijail Fokin. Era verdadera evocación del cuento y la leyenda rusos. En esta ocasión, los argentinos Armando Varela y Andrés Gago -quienes se habían iniciado muy tarde en la danza- tuvieron papeles de importancia. El éxito habría de coronar el esfuerzo de los argentinos que intervinieron.

En agosto del mismo 1925 llegó el turno del ballet "Petrushka", con reposición e interpretación de Bolm (Petrushka), Ludmila (la bailarina) y Bonfiglio (el moro). Entretanto, Georgi Kyasht presentó la primera coreografía para los alumnos de danza del Conservatorio de Música y Declamación, que por entonces dirigía Carlos López Buchardo. La preparación de Kyasht vió la luz el 24 de octubre de 1925, y se tituló "Escenas infantiles" (música de Cayetano Troiani). La creciente efervescencia "balletística" con jóvenes que deseaban perfeccionarse y surgir, y con gran público que pretendía más funciones coreográficas, se concentraba en el Ballet del Teatro Colón. En un comienzo las funciones no pasaban de una veintena por año, pero el gusto por la danza estaba prácticamente formado en el público.

La creación del Ballet Estable del Teatro Colón en 1925 no sólo cubrió necesidades que acuciaban. Era una realidad que no se podía continuar con la contratación de bailarines foráneos para algunos espectáculos y proveer a las danzas que -ocasionalmente- se incluían en ciertas óperas de la temporada. Se atendió también así a los escasos bailarines surgidos de enseñanzas prodigadas por quienes venían del exterior. Probablemente, lo que no se pensara de inmediato es que no sólo se satisfacían requerimientos artísticos de un Teatro, sino también los de la ya numerosa legión de adictos al arte del ballet, y las necesidades culturales de un país entero.

Resulta necesario recordar los esfuerzos de las personalidades que hallaron eco en las autoridades, también, analizar el criterio artístico que se tuvo en la institucionalización: ¿Una Compañía que llevase adelante el antiguo estilo clásico-académico, o una que respondiera a la nueva tendencia de la modernidad identificada con el Ballet Ruso de Diaghilev? No hubo dudas. La Compañía debía tener perfil modernista, y sus creaciones, guardar identificación con aquélla. De manera que nuestro Ballet Estable surgió como "compañía de avanzada", dentro del modernismo respetuoso de la esencia clásica.

Setenta años no pasaron en vano. Y así como Boris Románov, Bronislava Nijinska, y Mijail Fokin, entre otros, cumplieron estrictamente con las ideas originales, la troupe conducida por años por Margarita Wallmann, comprendió y aceptó que el horizonte artístico no podía ceñirse. De a poco aparecieron las obras académicas -que también hicieron grande a la tradición clásica- aunque estuviesen adaptadas para la época y a las posibilidades técnicas del elenco. La II Guerra ensangrentó a Europa, pero benefició al Ballet del Colón al engrosar sus filas con bailarines del Viejo Continente, como Tamara Grigorieva, Yurek Shabelevski, y Wasil Tupin. Además, por cierto tiempo, los elencos de la Compañía Estable y del Original Ballet Russe del Coronel de Basil se fundieron hermanados en arte.

Cuando nuevos elementos comenzaron su labor en la década del ‘40, la Compañía contaba -hacía años- con una extraordinaria bailarina de nivel internacional -María Ruanova- y estaban también Lida Martinoli y el "premier danseur" Michel Borowski. Se sumaron a ellos otros bailarines puntales y notables como Esmeralda Agoglia, Adela Adamova, María Delia García, Jorge Tomin, Enrique Lommi, Víctor Ferrari, Antonio Truyol, José Neglia, Norma Fontenla, Olga Ferri, Irina Borowska, Beatriz Moscheni, Mercedes Serrano, Nancy López, (y la lista es extensa), surgidos ya de la enseñanza sistematizada impartida por maestros como Esmée Bulnes, la misma Ruanova, Ekaterina de Galantha, y Mercedes "Mecha" Quintana (primera coreógrafa argentina), quienes cimentaron la grandeza del creciente elenco.

El devenir fue favorable. Massine y Lichine aportaron obras de la modernidad; Tatiana Gsovski enriquecería bailarines y repertorio con obras impregnadas de expresionismo; Jack Carter montaría los dos grandes de Tchaicovski-Petipa y completaría la trilogía, el gran Nureyev ("El Cascanueces"). Pierre Lacotte y Oscar Araiz harían –respectivamente– resplandecer de romanticismo y de vigor contemporáneo a la "troupe". Y cómo no recordar las coreografías de Anthony Tudor, Serge Lifar, William Dollar, y Georges Skibine.

En los años ’70 nuevos bailarines de la talla de Alicia Quadri, Silvia Bazilis, Cristina Delmagro, Liliana Belfiore, Raquel Roseti, Raúl Candal, Daniel Escobar, se sumaron a otros destacados que provenían de generaciones anteriores como Rubén Chayan, Vera Stankaitis, Lidia Segni, Violeta Janeiro, Susana Agüero, Nidia Neumayer. Candal y Bazilis interpretaron numerosas creaciones en las que brillaron.

El impetuoso río de nuevos argentinos irrumpió con fuerza en el Colón de mediados de los años ’80, y también en la escena internacional, transitada otrora por Adela Adamova, Víctor Ferrari, Olga Ferri, Irina Borowska, Didí Carli, y Liliana Belfiore. Julio Bocca en 1985, y después Maximiliano Guerra, Paloma Herrera e Iñaki Urlezaga. El repertorio de las dos últimas décadas del Siglo XX llevó a la escena de la sala del Primer Coliseo de Buenos Aires muestras acabadas de la escuela académica como "La Bella Durmiente del Bosque" (del argentino Mario Galizzi), "Don Quijote" (versión de Zarko Prebil), "La Bayadera" (versión Natalia Makarova), y los "ballets d’action" de la contemporaneidad como "Romeo y Julieta" (versión Kenneth MacMillan), "Oneguin" (de John Cranko).

A 77 años de su creación, el Ballet Estable del Teatro Colón continúa siendo fuerte pilar de la danza en la Argentina, y en esa brecha ha de mantenerse en pro de la cultura nacional. Pero, no hay que descuidarlo, hay que proveerlo de los medios necesarios y de una justa y equitativa ley de jubilaciones para que el elenco no caiga en el "esclerosamiento" de sus filas. Y debe protegerse su repertorio adquirido con los esfuerzos de los bailarines y el lógico dispendio financiero de los ciudadanos de Buenos Aires.

 
 
Dos de los bailarines más sobresalientes del siglo XX para el ballet argentino: Norma Fontenla y José Neglia (Premio Nijinski y mejor intérprete de "El Niño Brujo de Jack Carter").
Foto: Rodolfo Lo Bianco, publicada en la revista "Siete Días Ilustrados" (1972).
 
 

Aniversario del Ballet del Teatro Colón en su sala

Gratísimo espectáculo preparado por la directora Marta García y maestros Delmagro y Regueiro. Luego de sugestiva e histórica iniciación, varios fragmentos de celebérrimas obras románticas y académicas: "Coppelia", "La Bella Durmiente del Bosque" (adagio de la rosa), "La Bayadera", "El Lago de los Cisnes", "El Corsario", "Don Quijote", para culminar en la fusión tango-danza contemporánea de "Aire de Tango", la coreógrafa Ana María Stekelman. Estos 77 años de existencia evidencian la ampliación del repertorio hacia estilos antes inalcanzables, y el crecimiento del virtuosismo de algunos de sus integrantes: Leonardo Reale (ovacionado) olímpico artista acrobático, Silvina Perillo bailarina estrella, Maricel De Mitri impecable, Alejandro Parente expresivo como notable técnico, Gabriela Alberti figura de relieve, Dalmiro Astesiano nuevo talento de la compañía, Lila Flores de firme academicismo, exactos desempeños de Adriana Alventosa, Edgardo Trabalón, y José María Varela, con Karina Olmedo recuperada a las filas de la compañía luego de su licencia por maternidad, y un elenco "profesionalísimo" de brillante actuación en "Aire de Tango". Hermosa fiesta, alterada imprevistamente por el desgraciado accidente de Alejandro Parente al iniciar su variación en "Don Quijote" cuando sufrió una rotura de meniscos.

     
Volver al principio    
 
© 2002 - Todos los derechos reservados.