Centro Prodanza de Cuba
Más allá de los tabúes
Por Martha María Sánchez (Cuba)
 
 
Iván Alonso rescató para Probanza la figura de Alberto Yarini, el chulo de procedencia rica que enamoraba mujeres con sus buenos modales.
Foto gentileza de Prodanza.
 
 
 

Polémica resurrección de un personaje legendario en la historia de Cuba. Una creación de Iván Alonso presentada por Prodanza que se interna en el mundo prostibulario a través de la figura de Alberto Yarini.

Alberto Yarini nació en 1882. Cuatro años después se abolía la esclavitud en Cuba. Habanero, de familia acomodada y alta jerarquía social, realizó estudios en los Estados Unidos y regresó a la isla con 18 años. El padre, dentista y profesor universitario de prestigio, intentó que le siguiera los pasos. Fracasó. El hijo ambicionaba la presidencia de la República recién fundada (en 1902). Se afilió al Partido Conservador y fue aspirante a Representante a la Cámara. Entre sus atributos sobresalieron: gallardía, virilidad, educación y antirracismo. Ostentó con orgullo el alarde machista que caracteriza a los habitantes del Puerto de La Habana y sus alrededores. Dominó el barrio de San Isidro. Coleccionó un montón de prostitutas. Cuando lo asesinaron, el 21 de noviembre de 1910, era el más célebre proxeneta de La Habana.

La fama de Yarini trascendió su muerte. "Ah, el chulo de procedencia rica, sí, que enamoraba a las mujeres con modales finos", recuerdan los más viejos. Pasó el tiempo y, por error, toda alusión a proxenetas y prostitutas en Cuba fue sepultada. Malos ejemplos para la sociedad, silencio. Hasta que los años ’90 borraron algunos tabúes y la diversidad cultural pudo apreciarse con mayor sinceridad.

Entre las virtudes del Centro Prodanza de Cuba, dirigido por Laura Alonso, se destacan la diversidad y amplitud de su repertorio. Es justo otorgar crédito a su valentía que por estos días ha recobrado fuerzas con dos estrenos mundiales: uno sobre la vida del notable compositor Le Chevalier de Saint-Georges, el otro sobre la biografía de Alberto Yarini que permitió resucitar a más de un muerto. La primera obra, refleja una época y estilo muy distintos del de la segunda, "Yarini". Y quizás un espacio de tiempo entre ambas hubiera sido prudente para que los bailarines del cuerpo de baile, la mayoría jóvenes de escasa experiencia escénica, interiorizaran el cambio. Incluso, para que artistas de punta en esta compañía como María Amparo Pérez, Yanelis Rodríguez y Lorena Hernández pudieran integrarse al nuevo proyecto.

El coreógrafo

Por primera vez en la historia, Alicia Alonso asistió a una función de esta compañía fundada y dirigida por su única hija: Laura. La sorpresa del público no impidió que la prima ballerina assoluta, toda una leyenda en la isla, recibiera ovaciones a su paso por cada rincón del teatro. Encuentros, desencuentros, distancia, enfrentamientos, dudas, asaltaron la memoria de los presentes, mas, al final, la emoción se alzó con el lugar más alto. Las fibras humanas tiemblan si de familia se trata y ver a Alicia, Fernando, Laura e Iván Alonso reunidos en público constituyó un acontecimiento en sí mismo.

Iván, hijo de Laura, nieto de Fernando y Alicia, es el coreógrafo de "Yarini", un ballet que intentó representar momentos significativos de la vida del famoso poxeneta. Sin embargo, uno de los principales fallos de la puesta reside en no haber explicado con antelación quién era Yarini y qué pasajes de su vida se pretendían revivir. Consecuencias: los nexos entre los personajes de la obra parecen ficticios. ¿Quién fue Louis Lotó?, ¿por qué se escenifica un ambiente de prostitución, autoridades corruptas, barrios dominados por los chulos y los guapos?, ¿qué significa la Dama del Velo?, ¿por qué había prostitutas francesas en La Habana?, ¿a qué viene la aparición de un mambí en esta historia? Quien haya leído sobre Yarini sabe que la narración del ballet contiene un vínculo directo con la realidad. No obstante, para quienes desconocen los sucesos, los protagonistas y el contexto, parecen nacidos de la fantasía del coreógrafo.

El ballet se montó tomando como base el texto: "San Isidro, 1910. Alberto Yarini y su época", de Dulcila Cañizares. Un libro (de escasísima tirada) que vio la luz en el año 2000 y que retrata con maestría la época y cada uno de los sujetos involucrados en la vida del conquistador, el más popular gigoló que ha tenido La Habana ("el más ranqueado accionista del amor rentado", al decir de Leonardo Padura). El conocimiento de Iván Alonso sobre Yarini impresiona. Dedicó años al estudio del también llamado Rey de San Isidro, leyó varias veces la investigación de Cañizares. No montó antes el ballet por falta de financiamiento y ahora que ha conseguido un vestuario y escenografía admirables (excelente el telón de fondo), descuidó el relato dramático. Al menos, se extraña la articulación de un argumento o breve discurso que revele intenciones del coreógrafo, fragmentos de la historia, claves, que ayuden al espectador a comprender las escenas y la razón de cada personaje.

El ballet

Por otra parte, la coreografía abusa de la reiteración de determinadas frases y redunda en los mismos pasos. Algunos momentos musicales reclaman mayor complejidad de vocabulario y brillo técnico. La interpretación de los bailarines desluce en ocasiones el drama. Tras la muerte de Yarini, su amante principal La Petite Berthe, debe enfrentar una escena compleja de gran demanda histriónica para la cual Yadira Yasell (la intérprete del papel) demostró no encontrarse preparada. Cuando una actuación posee calidad, realza la trama e invita al disfrute. En este mismo ballet hay ejemplos como la danza del limpiabotas muy bien asumida por Ioshy Navarro, la de los mariquitas, y el Can-Can (aunque cuatro bailarinas es una cifra chica para un baile de este tipo).

Igual merecen destaque el elegante Letot de Antón Joroshmanov y la gran teatralidad de Leydi Villalobos, la Dama del Velo, una especie de espíritu o ángel que acompaña a Yarini en cada trasiego. En ningún lugar se explica su misteriosa presencia, pero ella sin dudas es el personaje mejor logrado, no precisa palabras, se revela por sí solo. Alberto Yarini a veces suele perderse cuando baila junto a otros hombres porque su personalidad carece de matices que lo destaquen. El protagonista Yeikel Loaces asume el papel contenido y le infiere un aire de tristeza que quiebra la idea del "vividor", el alardoso, el carácter pícaro y alegre que se le atribuye a Yarini, sin descuidar la educación y el porte que el joven sí supo influirle.

El principio y final de la obra mantienen una coherencia agradable y hasta poética. Este es un ballet que podría ser extraordinario de pulir algunos detalles. Tal vez necesitaba montarse sin apresuramientos.

El patrimonio cultural, y en especial el de la danza de Cuba, debe mucho al germen Alonso. Las obras valiosas son polémicas, más cuando son perfectibles. Yarini ha servido de pretexto para resucitar espíritus indelebles de la isla. ¡Bienvenido!

 

Los ojos del coreógrafo
Por Iván Alonso

Siento que Yarini y yo tenemos alguna conexión. De hecho nacimos el mismo día, el 5 de febrero. Cuando le expuse a Dulcila Cañizares mi idea de realizar un ballet sobre él, enseguida me habló de su libro y en cuanto lo leí supe que mi proyecto debía nacer de allí. Antes había leído "Requiem por Yarini", una obra de teatro de Carlos Felipe, pero no me convenció para el ballet. Después leí "El gallo de San Isidro", que me pareció genial, no sé por qué aquí no se hace en teatro, sería teatro dentro de teatro. En lo personal me decidí a hacer un primer cuento, se lo llevé a Dulcila y ella me dijo: "Sí, pero esto no fue así, ocurrió de este otro modo". Hice otro cuento y me dijo: "pero tú tienes ahora arriba ‘El gallo de San Isidro’". Entonces, en ese momento fue cuando me entregó su libro, con tremendo trabajo porque no lo tenía y tuvo que salir a conseguirme un ejemplar del libro que ella misma había escrito para dármelo, incluso me lo dedicó. Y le agradezco que haya continuado asesorándome después. Me contó hasta de la música que se escuchaba en la época, ella conoce todo de Yarini. Dulcila Cañizares sabe qué tenía en el bolsillo cuando lo mataron, qué vestía, el tejido de la ropa, cómo era el traje, el lugar exacto, todo. Su libro acopia varios testimonios de personas, es una investigación rigurosa y una lectura sumamente agradable.

Concebí el relato de mi ballet en dos actos y cuatro escenas. Me baso en la obra de Dulcila porque es más fiel a la realidad. En "Réquiem por Yarini" hay personajes ficticios porque cada manifestación artística tiene su propio lenguaje y en teatro se introdujo una serie de papeles, muy ricos pero que no fueron reales. En mi versión el único personaje de este tipo es la Dama del Velo, un ser misterioso que el espectador puede leer como desee. El mambí, por ejemplo, existió. Al principio de la República una de las primeras medidas de los nuevos dirigentes fue la de lincenciar al Ejército Libertador de Cuba. En esa época había un sentimiento muy fuerte en contra del imperialismo y un día, en el café "El Cosmopolita", en la Acera del Louvre, a un norteamericano –el Encargado de Negocios de la embajada estadounidense en La Habana–, le dio por burlarse de un antiguo mambí (el mayor general Jesús Rabí), ya viejo, pobre y además negro. Yarini ofendido porque se reían de un patriota de su país le respondió con varios piñazos al rostro. (Según periódicos de la época le rompió la nariz y la mandíbula a aquel hombre).

En mi ballet también pretendo recrear el barrio de San Isidro con su ambiente, las prostitutas, los clientes. Louis Lotto, como en verdad hacía cada año, viajaba a Francia en busca de nuevos talentos y regresaba con varias mujeres. En uno de esos viajes se encontró con que la Petit Berthe, su preferida, la mejor de sus prostitutas, se había ido con Yarini. Una disputa que le costó la vida a ambos. Esa viene siendo la esencia de mi ballet.

 
 
Yarini llevaba sombrero de castor carmelita oscuro, saco de dril blanco, pantalón a rayas y zapatos amarillos.
 
 
 
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