El estreno de “Vollmond” (“Luna llena”), nueva obra de Pina Bausch reafirmó su delicadeza para abordar los temas esenciales de la vida del hombre. Una excelente selección musical y bailarines de primera.
Sin dudas, la maga de Wuppertal es poetisa, y ella lo sabe también. Sólo que no usa palabras sino imágenes, en su primera acepción, la visual. Esta visualización revolucionó el teatro contemporáneo, y se extendió, incluso, a cierto cine. Esos nexos, a primera vista insospechados, que unen a la danza y al cine, tienen a Pina Bausch como “demiurgo”. Ella fue primera en convertirlos en materia palpable sobre una escena. Quizá Walter Benjamin se alegraría de ello.
Sin embargo, no se piense que la paráfrasis del célebre clásico del cine, de Gene Kelly, utilizada para el título de esta crítica sobre el reciente estreno de Pina Bausch con su Wuppertal Tanztheater, aluda directamente a tales relaciones entre danza y cine. No, es que en “Vollmond” (“Luna llena”), estrenado el 11 de mayo en la Schaulspielhaus de la ciudad de Pina (aunque nació en la cercana Solingen, el símbolo del acero alemán, como esta gran dama parecería ser, pese a su incorporeidad), literalmente se baila en la lluvia. O en el agua, también.
Tanta es el agua, sea en forma de lluvia que cae del “cielo” de la escena, sea esa del arroyo en el que los bailarines juegan como niños, sea la de cubos plásticos que es arrojada sobre la roca de la escenografía (de Peter Pabst) o sobre los lindos vestidos de cocktail de las bailarinas (vestuario de Marion Cito, y, de la otra parte, casi omnipresentes en Bausch ), sea la que se desparrama en copas o la que se sirve de las botellas; que “Vollmond” hace pensar en los términos de la “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Desde luego, esto no es nuevo en la coreógrafa alemana. Especialmente, “Vollmond” remite desde el punto de vista de su acuosidad a “Arien” (1979).
Suerte que días después de Wuppertal, hubo una especie de reconciliación con el “agua de Pina Bausch”. Casualmente, ¿o no?, en la ciudad... llovía. Guarecidos en un oportuno café, se podía ver a parejas abrazarse bajo el paraguas, o a los solitarios correr hacia su desencuentro o a hacia una cita que podrían perder. Amores y deseos es siempre el tema bauschiano. ¡y zas! “Esta tarde vi llover”. Entonces, no valía la pena enojarse con tanta agua.
Es esta la parte poética de Bausch, su aprehensión de un elemento, y presentarlo, aun si tal cual, justo como el mismo es “sentido” –y soñado, percibido, relacionado, metamorfoseado e incluso cantado por Manzanero, pues esto es también Pina a su manera– por cualquiera y por todos, no importa si desde la noche de los tiempos.
Agua que se revela, por demás, una extraordinaria aliada de la danza, en esa apelación a los sentidos que efectúa Bausch, particularmente en el bellísimo solo de la pequeña pero grande Ditta Miranda Jasjfi en el primer acto (la pieza cuenta dos, por unas dos horas aproximadamente, sin el intermedio). Trance de lirismo, que por su expresividad recordaría en términos de impacto a “La muerte del cisne” (sin temor a la comparación, en ningún sentido), donde la lluvia que cae agudiza la sensación desolada.
Asimismo, el agua del final, esa estancada ya en casi toda la escena (después de dos actos...sobre todo el último en el que arrecia el aguacero), contribuye a la fuerza de la imagen que proporciona en sí misma la coreografía: los bailarines nadan sobre ella, como si quisieran escapar buscando otra frontera o tierra prometida que los espectadores no ven. Un más allá que cada uno de los espectadores puede nombrar como quiera, según lo sienta. (Y este es el poder de Bausch: nunca dice ni impone nada) Para algunos, sería el que se busca saciar, ¡al fin!, la sed de amor. Para los otros, el escape de la opresión de su propia tierra, de su propio país.
La danza en “Vollmond” es extática y estática, o de una velocidad pasmosa. Bien servida por la selección de partituras utilizada (según la faena de Matthias Burkert y Andreas Eisenschneider), la cual reafirma que Bausch en tanto “coreógrafa” es una de las más grandes de nuestros días.
Y si bien aquí no hay nada nuevo, es la estética de Pina Bausch. Eso basta. No obstante, por su ritmo más intenso el segundo acto es más efectivo que el primero.
Los bailarines, inmensos casi todos. Además de Ditta Miranda, la argentina Silvia Farias (quien sigue la línea expresiva de esta), la contundente y bella Julie Anne Stanzak, la en ocasiones misteriosa Helena Pikon, o esos supremos Dominique Mercy y la española Nazareth Panadero, entre los 12 que danzan en “Vollmond”.
Si novedad hubiese es que esta obra, contrariamente a la mayoría de las precedentes de Pina Bausch, no se inspiró en una ciudad desconocida (Roma, Hongkong, Budapest, Estambul, por ejemplo) siguiendo una previa invitación. ¡Bienvenida a casa, Pina! |
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La diosa de Wuppertal.
Wuppertal, en el estado de Renania-Westfalia, es una ciudad de 400.000 habitantes, próxima a Köln (Colonia) y Solingen, donde nació Pina Bausch, en la cuenca del Ruhr. Es una ciudad industrial (Bayer, químicos, pesticidas) como lo es la región, pero que no posee como la vecina Colonia el encanto de su catedral distintiva. Ciertamente, fue la villa natal de quien fue presidente de la República Federal de Alemania, Johannes Rau. Pero fuera de su célebre tren suspendido en el aire, ya centenario, no tiene otros atractivos que motiven la visita... a no ser Pina Bausch.
Apenas descendí del tren en Wuppertal y tomé un taxi, y el conductor me dijo, más que preguntar: “Usted viene a ver Pina Bausch”. Ante mi afirmación, continuó: “Sabe, hace unos ocho años, yo la tuve de pasajera una vez. Es una mujer tímida, pero muy delicada y sensible, parece un ángel”.
Y cuando regresaba al hotel, el otro taxista que me dice: “Disculpe la indiscreción, pero el señor que antes estaba con usted es fotógrafo, italiano, y siempre viene a Wuppertal por Pina Bausch, ¿no es cierto?” Se refería a Francesco Carbone, colaborador, además, de Danzahoy.
Sin dudas, Pina es el símbolo de Wuppertal, acaso más que su tren volante. Y aquí se viene en peregrinaje. Como se hacía en Bayreuth, todavía en vida de Wagner. |
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| Dominique Mercy uno de los bailarines de la primera hora forma parte de esta obra en la que Bausch elabora una nueva reflexión sobre el ser humano y sus emociones. |
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Próximas temporadas
28 de agosto y el 3 de septiembre, Tanztheater Wuppertal estará en São Paulo, y luego en Porto Alegre.
17 y 20 de septiembre, en Reykavik, con “Agua”.
Primera semana de noviembre, en Madrid, con “Nefés”.
28 de septiembre al 1 de octubre: de regreso a Wuppertal, con “Vollmond” y “Der Fensterputzer” (9-12 de noviembre).
8 al 16 de diciembre: en Nueva York, en la Brooklyn Academy of Music, con “Nefés”. |
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Los hispanos de Pina
Al final del estreno de “Vollmond”, Nazareth Panadero, uno de los emblemas del estilo de Pina Bausch, respondió a un comentario elogioso: “¿Actriz, yo? Si lo único que he aprendido en mi vida ha sido baile.” Panadero es capaz de llenar toda la escena aún sin moverse. Con los gestos de su rostro logra indicar todo el ambiente, y lo encauza. “Eso debe ser lo que Pina ha descubierto en mí –insistió con energía–. Es una parte del baile. Porque aquí en ‘Vollmond’, y en Pina en general, todo es baile, sea hablado o movido. No me considero actriz. Recuerdo que cuando entré a la compañía en 1979 –soy como la decana de los bailarines hispanos en ella–, luego de audición, cuando los vi, me dije que no podía trabajar con esta gente tan magnífica. Es que son muy fuertes, artística y técnicamente, como sabes. Me dije: 'qué pinto yo aquí, sin hablar alemán, viniendo de Madrid, de París...’ Y treinta años después, ya lo ves, sigo. Porque el desarrollo como artista que se experimenta en Wuppertal es infinito, constante. No hay una temporada que se parezca a la otra. ¡Nada! Nunca hay rutina”.
Nazareth Panadero comenzó en Madrid, estudió clásico con María de Avila y la cubana Juliette Durand. En 1976 salió de España para Francia, donde integró el Ballet Teatro Contemporáneo de Angers. En París, vio a Pina y pasó una audición, y el resto ya es historia.
El método
“Pina nos plantea preguntas que nosotros debemos responderle con gestos, con movimientos, con acciones –comenta Panadero–. Luego, lo que se ve como resultado en la obra en cuestión, es un mínimo de todo lo que hemos trabajado y vuelto a trabajar, y a experimentar. Es la punta de un iceberg. Las preguntas son siempre sobre la vida, y todos sus diferentes aspectos. Para esta pieza, las preguntas o los cuestionamientos fueron, entre otros: ‘Una vez lloré’, ‘Una vez amé’, ‘A pesar de todo’, ‘Cómo defenderse’, ‘Necesidad de amar’, ‘Situación desesperada’, ‘La fuerza de la naturaleza’, ‘No perder la esperanza’....”
Bausch tituló una temprana obra suya (de 1977, vale recordar que fue en la temporada 73/74 en que se convirtió en la directora de la entonces Wuppertaler Tanztheater, más tarde Tanztheater Wuppertal) “Komm, tanz mit mir!”, o sea, “Ven a bailar conmigo!” El llamado sigue en pie, para todos, bailarines y espectadores. Lo cierto es que Bausch fue una adelantada del aspecto “globalizante” que se observó después en las troupes de danza y también de ballet. Bailarines de todos los confines del globo corrieron a danzar con ella.
Con Nazareth a la cabeza, el contingente hispano-latinoamericano –en la actualidad– en Tanztheater Wuppertal está integrado por las brasileñas Regina Advento (desde 1995), Ruth Amarante (1994), el venezolano Fernando Suels (1996), el colombiano Jorge Puerta Armenta (1998), la argentina Silvia Farias ( 2001). Los tres últimos integraron el elenco de “Vollmond”. Y en la próxima temporada, un bailarín catalán se les unirá.
“Cada uno de nosotros, los latinos de Pina, tiene una historia diferente –dijo Regina Advento–. Algunos provienen directamente de la escuela, la Folkwang Hochschule de Essen. Otros, como fue mi caso, provenimos de audiciones. Con anterioridad, yo había trabajado con el grupo Corpo”. |
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| Nazareth Panadero: “Cuando entré a la compañía en 1979, me dije: 'qué pinto yo aquí, sin hablar alemán, viniendo de Madrid, de París...’ Y treinta años después, sigo aquí” |
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