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XI International Ballet Festival of Miami
Campeonato de puntas

Por Célida P. Villalón (USA)

Dos galas para el final del ya tradicional festival. La función inicial incluyó 13 pas de deux y dos solos, y comenzó con la entrega del premio “Una vida por la danza”, al coreógrafo cubano Alberto Alonso.

Nada resulta más atractivo que asistir a una gala de ballet. En el caso específico en referencia, se llevaron a cabo dos consecutivas para dar cierre al XI Festival Internacional de Ballet de Miami, que cada año organiza con gran éxito Pedro Pablo Peña.

Siempre pueden ocurrir sorpresas en esta clase de espectáculos; por suerte, las ocurridas esta vez resultaron muy agradables. La función inicial, que incluyó trece Pas de Deux y dos solos, dio comienzo con la entrega del premio “Una vida por la danza”, al coreógrafo cubano Alberto Alonso. Desde 1998, otras grandes personalidades del mundo del ballet, como Fernando Bujones, José Parés (maestro), Rosella Hightower, Carla Fracci, Jean Babilée, Vladimir Vassiliev y Ekaterina Maximova, Edward Villella, Paul Slizard (empresario), y Violette Verdy, fueron honrados con dicho galardón.

Una corta estampa del pasado, montada para la ocasión por el propio homenajeado, e interpretada por su esposa, la bailarina de ritmos populares Sonia Calero, abrió la parte artística del evento. A los acordes de “Noche Azul” de Ernesto Lecuona, Calero se movió lenta y suavemente, tratando de rememorar momentos de una era ya desaparecida. Del ballet “Carmen”, obra que consolidó la reputación del maestro Alonso como coreógrafo, subió a escena el Pas de Deux de Carmen y Don José, en una interpretación sutilmente apasionada, a cargo de Lauren Strongin y Michael Keating, representantes del Ballet de Sarasota.

Los clásicos

Cada festival desarrolla sus favoritos, e indiscutiblemente ese puesto casi se lo apropia la bailarina brasileña Priscilla Yokoi, procedente de la Compañía Brasileira de Danças Classicas del Brasil, dueña de una fortaleza física tal, que logra los pasos más difíciles y espectaculares con total aplomo. Su interpretación del Pas de Deux de “El Cisne Negro”, secundada por Guilherme Oliveira, que termina con los esperados treinta y dos “fouettés”, llevaron al público a un paroxismo de aplausos, por la velocidad y seguridad con que fueron ejecutados. Al siguiente día, la pareja bailó otro Pas de Deux: “Don Quijote”, que Yokoi abordó nuevamente con gran energía. Sin embargo, convirtió sus portentosos balances en un acto que podría llamarse “de circo”, al extenderlos en demasía, y por ello se expusieron a irse fuera de tiempo. Su compañero no tuvo más remedio que contentarse con ser un simple “porteur”.

Dos estampas exquisitas con bailarines llegados de compañías europeas, fueron algunas de las atractivas sorpresas del primer programa: Elisa Carrillo y Mikhail Kanishkin, del afamado Ballet de Sttutgart, trasladaron a los presentes al bosque encantado de los cisnes blancos, a los acordes de las inmortales melodías de Tchaikowsky, para brindar una escena llena de hermosas sutilezas y perfecto fraseo musical. Por su parte Mathilde Froustey, evocó con movimientos alados, y hermosas poses del correcto estilo romántico, el momento supremo del Acto II de “Giselle”, en perfecta concordancia con su compañero, Mathias Heymann, ambos dignos representantes de la Ópera Nacional de París.

Con la llegada al escenario de Silvina Perillo, del Ballet Estable del Teatro Colón de Buenos Aires, y Hernán Piquín, del Ballet Julio Bocca, para interpretar el pas de deux de “El Corsario”, se estableció la presencia de los grandes intérpretes técnicos. Perillo es brillante y segura, y la limpieza y velocidad de sus giros así lo atestiguan, mientras Piquín domina las tablas con masculina autoridad. En la segunda Gala, esta atractiva pareja rindió un sensual tango, “Michelangelo”, coreografiado por Ana María Stekelman, a los acordes de Astor Piazzola.

Del New York City Ballet y San Francisco Ballet, respectivamente, Ashley Bouder y Joseph Phillips (que repitieron la misma pieza al día siguiente), aunaron sus talentos para brindar un movido y subyugante segmento tomado de “Stars and Stripes” de George Balanchine, que el gran maestro compuso sobre música de Souza, en honor de Estados Unidos, su país adoptivo, al que mucho respetaba y admiraba. Y para volver a la modalidad extremadamente clásica, el “Grand Pas Classique” tuvo una magnífica interpretación, en la elegancia y fluidez de Molly Smolen y Tiit Helimets, del San Francisco Ballet.

“La Llama de Paris”, pieza de bravura y ligereza, fue entregada a la dorada pareja formada por Adiarys Almeida y Joseph Gatti, ambos del Cincinnati Ballet. Almeida (quien podría ser llamada “la bella cubana”, remedando la conocida pieza musical), es cautivadora, y de sus hombros a su rostro, emana cierta luz hechizante que subyuga. Además, su técnica es límpida y su braceo impecable, y en Gatti, airoso bailarín, tiene un excelente compañero.

El final

El cierre de ese “Etoile Grand Gala Performance”, según reza el programa, correspondió a quienes indiscutiblemente resultaron ser los intérpretes más llamativos del Festival: Lorena Feijóo, del Ballet de San Francisco, y Rolando Sarabia, actualmente en las filas del Ballet de Houston, quienes aparecieron en el Pas de Deux de “Don Quijote”. Feijóo es segura y precisa en sus variaciones, pero esa noche le pertenecía a Sarabia, por sus vueltas perfectas, que comenzaban rápidas e iban perdiendo velocidad a su antojo, hasta terminar en una correcta posición académica. A la misma vez, su atractiva sonrisa, y varonil personalidad, resaltada con ciertos toques de sensualidad torera, trascendieron a todos los rincones de la vasta sala. Los merecidos aplausos conquistados por esta pareja no parecían tener fin.

En la última Gala que dio cierre al Festival, se repitieron varios de los trabajos que habían aparecido la noche anterior, como el “Tchaikowsky Pas de Deux” de Balanchine, con Maribel Madroño, que dominó la difícil pieza, junto a Kwang Suk Choi, ambos del Pittsburg Ballet Theatre. Hubo también nuevos participantes, como Carlos Pinillos y Filipa Castro, de la Companhia Nacional de Bailado de Portugal, en un interesante trabajo titulado “Vent”, original de Pinillos. De la misma manera, Luz San Miguel y Ryan Martin, del Ballet de Milwaukee, brindaron un dúo intrigante con la conocida música de Tchaikowsky, pero sin relación alguna con la, también conocida, coreografía del Cisne Blanco, de Marius Petipa.

Blanca Ríos y Erick Rodríguez, de la Compañía Nacional de Danza (de México), trajeron nuevamente al escenario una brillante interpretación de “La Llama de París”. El Ballet Clásico Dominicano estuvo representado por Lisbell Piedra y Maikel Acosta, en la simpática ejecución de “Muñecos” de Alberto Méndez. Otros bailarines no mencionados aquí por falta de espacio, ganaron aplausos y merecen respeto por su cooperación a las festividades.

El cierre del largo Festival (que comenzó el 25 de agosto), correspondió a la antes mencionada Almeida, con Gatti a su lado, en un “Le Corsaire” que casi echa abajo las paredes del teatro Jackie Gleason.
 
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Los intérpretes más llamativos del festival: Lorena Feijóo, del Ballet de San Francisco, y Rolando Sarabia, actualmente en las filas del Ballet de Houston, quienes aparecieron en el Pas de Deux de “Don Quijote”.
Foto: Pedro Portal. Gentileza de The Miami Herald.
 
 
 
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