Códigos estéticos
Filosofía de la danza (Parte I)
Por
Elio Claudio Profumo Farías (Chile)
El ballet, como especie académica dentro de la danza. Sus contradicciones propias, la extravagancia, las mezclas de estilos, y el afán de renovación. Una nebulosa estética que no se advierte a simple vista.
“Mis ballets constituyen el diario de mis recuerdos, de mis amores y amistades; el testimonio de descubrimiento del universo que me rodea y del que llevo dentro.”
(Maurice Béjart)
La cultura occidental de la actualidad, de tendencias fragmentarias y equívocas en lo axiológico nos ofrece un maremágnun de alternativas para los quehaceres que nos consumen en una confusión de experiencias vitales. El arte, actividad profundamente humana, el más humano de los quehaceres, refleja esta dispersión de alternativas. En su inherente capacidad para expresar la realidad y el sentido profundo de las cosas, el arte es permeable a las confusiones sociales, las asume, las hace suyas y las revela por medio de las obras... Mas, ¿en qué medida la dispersión de valores sociales e individuales en el ser humano determinan la dispersión de los modos en el arte? La vida fácil, el hedonismo galopante, la vehemencia con que el mundo comercial pregona el placer de vivir parecen llenar todos los espacios. Una vida confusa provoca un arte confuso. Dentro de la vorágine de manifestaciones de belleza, caemos fácilmente en la trampa de confundir con arte muchas de las actividades que se nos presentan verosímilmente como tales.
El ballet, como especie académica dentro del género de la danza, mantiene sus confusiones propias. La extravagancia, las mezclas de estilos, tan recurrentes como “embobadoras” en su afán por renovar los lineamientos de su arte, nos arrastran por un camino de desconcierto y, por ende, por una senda de nebulosa estética difícilmente apreciable a simple vista. Debido, fundamentalmente, a que los significados profundos de toda danza se hallan ocultos bajo varios planos de comprensión, a los cuales sólo acceden quienes se han iniciado en sus secretos y han desarrollado aquel sentido estético tan escurridizo.
Nuestros postulados no niegan la importancia de los factores corporales y emotivos en el ballet. Sin embargo, una filosofía de la danza debería situarnos en un hábitat de fundamentos sólidos en el mundo del ballet. Quizás, en apariencias, resulte aventurado el hecho de llamar la atención sobre el pensamiento puro para una actividad en la cual la teoría está incuestionablemente subordinada a la práctica y a la experiencia. Sólo desde una perspectiva panorámica, posterior a la vivencia del salón de clases y del escenario se puede reflexionar de una forma sustantiva acerca del ballet y la creación.
Trazar los lineamientos para una filosofía del ballet no significa especular desde la metafísica, a través de conceptos abstractos desvinculados de la esencia, sino más bien una postura para obtener cierta claridad al definir el género de la danza, la especie del ballet como creación artística moderna e histórica, separar esferas de acción y propiedades y, en fin, establecer qué debemos entender como ballet.
Danza e interpretación
El solo hecho de practicar la danza no nos garantiza el arte. Hacer arte implica una comprensión del sentido de la vida que se está revelando, no un mero contagio emotivo de las sensaciones del bailarín sobre el público.
El modelo comunicacional aplicado a una pieza de ballet, visualiza como fuentes de los significados tanto al coreógrafo como al bailarín. La obra en sí queda relegada al rol de medio a través del cual se manifiestan las emociones planificadas e interpretadas por ellos.
Las personalidades eminentemente cinéticas de los bailarines los llevan a confundir frecuentemente la función de los medios de expresión. Resulta común presenciar el sacrificio del verdadero sentido de un ballet en aras del lucimiento personal o de un subjetivismo exacerbado. La presentación de una pieza de ballet como expresión espontánea de los propios sentimientos, desajusta el carácter de la obra en su modulación esencial.
Una filosofía de la danza nos indica que la obra tiene existencia en sí misma, se autosustenta y adquiere su valor como tal desde su propio ser, aunque la fugacidad inherente a dicho ser nos complique su apreciación ontológica, pues una vez que dicha obra termina... ¿qué nos queda? Más allá de la figura del bailarín, los aplausos, los elogios y el recuerdo efímero de tal o cual pirueta. Olvidamos sin malicia la concreción de la estructura global de la obra, y muchas veces se pierde de vista, incluso, al coreógrafo.
¿Cuál es, entonces, el sustento del ballet? Si pretendemos elaborar el arte, conviene esclarecer algunos conceptos generales con respecto de la obra de arte, sobre todo aquellos que resulten particularmente esquivos para la valoración ontológica de la danza. La teoría del arte la debe asumir el artista para concederle un primer dominio a la experiencia vívida, la cual determinará posteriormente la validez de los métodos emprendidos. Pero... ¿qué debe prevalecer como elemento de mayor importancia?... ¿Aquella primera intuición reveladora de la realidad?... ¿Aquel impacto visual que nos encandiló por su virtuosismo?... ¿O la obra con sus definiciones propias?... La estética moderna postula que se debe valorar el ser de la obra por sobre las emociones que la originaron. Y el ser de la obra es sostenido por los vínculos establecidos entre lo que se pretende revelar y las formas que se utilizan para lograrlo, por la entramada ligazón entre los significados y los significantes simbólicos que presenta. El artista, entonces, es visto como un medio, importante por supuesto, por la calidad de lo entregado, pero circunstancial frente a la esencialidad de la obra.
Continuará en el próximo número de Danzahoy en Español |
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El modelo de comunicación aplicado a una pieza de ballet, visualiza como fuentes de significado tanto al coreógrafo como al bailarín. (Compagnie La Baraka/Abou Lagraa)
Foto: Michel Cavalca. Gentileza de NYCity Center. Fall for Dance Festival. |
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