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En la fusión de lo Apolíneo y lo Dionisíaco se genera el arte: sentimiento y técnica; intuición y conocimiento; inspiración y aplicación.
Foto: Kelly Gottesman y Lisa Levart. Ballet Bridgman-Parker Dance. Gentileza de Fall for dance Festival. |
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Códigos estéticos
Filosofía de la danza
(Parte II)
Por
Elio Claudio Profumo Farías (Chile)
La base teórica de los conceptos de belleza y arte, y su relación con la estructura de una obra. Elementos filosóficos que intervienen en la creación. El hombre y sus caminos para expresar su sensibilidad.
La comprensión epistemológica de la obra de arte traza el camino para el entendimiento posterior de sus modulaciones. Atreverse a incursionar en la creación de una pieza de ballet implica comprender el ballet en sus generalidades y comprender el valor ontológico particular de dicha obra desde el instante en que es concebida como tal.
La base teórica de los conceptos de belleza y del arte entrega la fundamentación sobre la cual se consolida la estructura de una obra.
La trivialidad anodina de las piezas que acostumbramos ver en los espectáculos de variedades, nos acostumbran a la creencia de que cualquier despliegue corporal es ballet, como si el espíritu de la danza artística habitara en ellos por ósmosis. Alerta, pues, con este tipo de sofismas escénicos. Teoricemos para formalizar el compromiso filosófico en los amantes del ballet. La historicidad de los maestros de danza, quienes son los verdaderamente llamados a la creación, debe sellar el compromiso contra las influencias endémicas que los pervierten en perjuicio de su deber ineludible. Sus creaciones deberían estar convocadas a superar las envolventes condiciones de confusión filosófica actuales, de manera tal que trasciendan y se entronicen por encima de los actos vulgares de la danza.
La sensibilidad
La sensibilidad influye tanto en la conformación de la personalidad de algunos “elegidos”, que los convierte, muy a su pesar, en personas diferentes.
La categoría de “homo sapiens” que nos autoconcedemos representa los mayores triunfos en el desarrollo de las especies animales. Somos el último peldaño, los campeones en esta carrera por la evolución, los seres (hasta ahora conocidos por nosotros mismos) más cercanos a la perfección. Así lo sentimos y nos lo hacemos sentir. Somos la especie humana, superior, dominante, trabajadora e inteligente. Por todo esto, estamos hoy a cargo del mundo de acuerdo con los añejos postulados del humanismo.
Los planteamientos filosófico-estéticos de algunos académicos de nuestra Pontificia Universidad Católica de Chile establecen las categorías de “homo faber” para el hombre trabajador común y de “homo aestheticus” para aquel otro, quien padece el síndrome de la sensibilidad y del arte. Este último es elevado a un estadio inmediatamente superior, y se intuye en él un grado de desarrollo intelecto-espiritual mayor que el de sus congéneres. Dicho hombre-sensible es visto como un ser que excede en virtudes a los demás debido a su calidad más humana y a su relación con el entorno desde una perspectiva estética, profunda y comprometida.
El arte es el medio concreto del que se vale el ser humano para expresar la sensibilidad. Declara la belleza desde la artificiosa representación del símbolo, consciente en la medida que reporta una intención. Según Lalo, “lo bello es, sobre todo, una satisfacción de orden intelectual”. La creación artística, evidentemente, es un fenómeno psicológico, pero sus gérmenes se encuentran en lo fisiológico.
El mundo físico tiene y sostiene los estímulos que afectan al hombre-sensible a través de los sentidos, medios de relación fundamentales entre hombre y mundo, con tal fuerza, que estremecen todo su ser.
El germen de la creación artística es, indudablemente, expresión de vida, respuesta a ese estímulo vital que se abre paso desde la piel hasta los rincones más oscuros de la conciencia. Como tal, dicho germen no puede ser sino de naturaleza erótica, fertilizadora. El acto concreto de crear mantiene un compromiso íntimo con las hondas palpitaciones del artista. Es, pues, la carne, la sangre que emerge sobre sí misma para dar lugar al nacimiento de una primera e ineludible “necesidad” de crear.
Mary Shelley conjetura una visión del hombre sensible al decir: “¿Por qué el hombre se vanagloria de poseer una sensibilidad superior a la del bruto? Si nuestros impulsos se limitaran al hambre, la sed y el deseo, seríamos casi libres; pero nos conmueve la más ligera brisa y tan sólo una palabra o la imagen que esta despierta en nosotros, inquieta nuestro espíritu”.
El hombre-sensible está irremediablemente vivo, casi condenado a vivir su condición o, más bien, condenado a sentirse vivo, infundido de energía por cada suceso que estremece los “radares” de su sensibilidad. Nunca como en aquellos instantes que el hombre se conmueve con algún acontecimiento impresionante, se experimenta con mayor fuerza el sentimiento de estar vivo. Anton Chejov, a través de su personaje Iván Dimitrich, lo relata así: “...sé únicamente que Dios me ha dotado de sangre caliente y de nervios... ¡Eso es!... Pero el tejido celular debe reaccionar a toda clase de excitación... ¡Yo reacciono! A los dolores contesto con gritos y lágrimas, a la maldad con mi indignación, a las canalladas con mi repugnancia... Eso, a mi parecer, con acierto, se llama vida”.
El dios Dionisos, orgiástico y brutal, sin embargo dotado de una vitalidad inigualable en su representación del carácter humano, simboliza la fertilización de las fuerzas psicológicas en el acto creador. Es el fundamento fisiológico, telúrico, profundo, misterioso e inefable y es su misma inefabilidad la que refunde su imagen con la de la creación. Es potencia y movimiento, pero, dentro de esta misma figura, se nos muestra como movimiento puro y desenfrenado en su propia potencialidad.
La creación
El germen artístico, proveniente de las fuerzas dionisíacas, ha sido llamado por Lifar, “prearte”. Una visión analítica del fenómeno creativo, percibido como un proceso, nos presenta esta primera etapa de la creación como una mera potencia. Dicho germen no es todavía arte, sino sólo su base y fundamento. En todo suceso natural, se transforma una energía en otra. El cuerpo sensible del artista es sacudido por un acontecimiento que toma contacto con sus fibras.
El dios Apolo, figura contrapuesta al principio dionisíaco, asume parte importante en la etapa posterior a este “prearte”.
Lo apolíneo, símbolo del orden, mesurado y espiritual, representa el control de la vorágine creativa, la armonización de las fuerzas desencadenadas en la etapa dionisíaca. Dionisos y Apolo; caos y cosmos; tiempo y espacio son los principios del ritmo universal. Y ritmo es vida. El arte, a fin de cuentas, revela un sentido del universo, una concepción del mundo y de la vida. Y, en el mundo, ambos principios son indisolubles. Lo dionisíaco, por sí solo, sería como una poderosa semilla lanzada al vacío, es decir, poderosa nada más en cuanto a sus posibilidades, pero inoficiosa de facto. Lo apolíneo, por otra parte, también aislado, nos reportaría una tierra quieta, fértil y esperanzada, pero sólo eso.
Cada uno de dichos principios, por sí solo, aislado del otro, no nos llevaría, pues, a ningún resultado. Es en la fusión de ambos donde se genera el arte. Sentimiento y técnica; intuición y conocimiento; inspiración y aplicación. Esto revelan las figuras de ambos dioses, quienes conviven en una relación dinámica y fértil dentro del espíritu creador del artista. Si la relación entre ambos principios está reñida, tendremos como resultado una obra equívoca y dislocada. Si la convivencia se concierta en términos de armonía, entonces, el cauce de sus virtudes será benéfico.
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