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Ballet de la Opera de París

Duelo de titanes

Por Isis Wirth (Desde Francia.)

William Forsythe volvió a París con “The Vertiginous Thrill of Exactitude”, creado en 1996 para el Frankfurt Ballet, y que el Ballet de la Opera de París baila desde 1999
William Forsythe volvió a París con “The Vertiginous Thrill of Exactitude”, creado en 1996 para el Frankfurt Ballet, y que el Ballet de la Opera de París baila desde 1999.
Fotos: Laurent Philippe. Gentileza de Ballet de la Opera de París.
 
 

Más allá del repertorio puramente clásico, tradicional en la compañía, en este programa volvieron al ruedo Balanchine, Forsyte y Brown. Intérpretes de lujo para obras ya consagrada a nivel internacional.

Un triple boleto, Balanchine, Brown, Forsythe, que constituyó el programa de febrero del Ballet de la Opera de París en el Palais Garnier, vino a confirmar –nuevamente– que esta compañía puede acometer cualquier estilo, cualquier tendencia, y hacerlo de una manera reveladora, amén de su excepción como agrupación clásica.

De Balanchine, dos de sus títulos emblemáticos, “Apolo” y “Agon”. De Forsythe, ese ya clásico “The Vertiginous Thrill of Exactitude”. Y de Trisha Brown, “O zlozony/ O composite”, que fue creado para el Ballet de la Ópera de París en 2004.

Poco podemos agregar aquí sobre “Apolo” y “Agon” que no se haya dicho antes. El primero, se encuentra en el repertorio de la Opera desde 1947. El segundo, en cambio, desde 1974.

   
  “O zlotony/ O composite”, creado especialmente para la compañía francesa sobre un poema, del polaco Czeslaw Milosz
  “O zlotony/ O composite”, creado especialmente para la compañía francesa sobre un poema, del polaco Czeslaw Milosz.
 
   

La belleza serena y luminosa de “Apolo”, una reinvención del mito apolíneo que marcó la cultura occidental, de la mano de dos concepciones del clasicismo que se complementaron, la de Balanchine y la de Stravinsky. Balanchine consideraba que “Apolo” había sido un punto de cambio en su vida, porque le había enseñado cómo depurar, cómo reducir para llegar a la única posibilidad que era la inevitable. Stravinsky aducía que la alegoría visible del disco solar, el emblema del Rey Sol, redondeaba esa idea de las formas clásicas. Alusión a Luis XIV que ahora se presenta, acaso iluminadora, de la mano de sus herederos: el Ballet de la Ópera de París.

A señalar la sustancia ideal del bailarín “étoile” Jean-Guillaume Bart como Apolo, y esa –también “étoile”– grande que es Marie-Agnès Gillot como Terpsícore.

De Agon, decía Balanchine: “Es una construcción en el espacio por medio de los cuerpos en movimiento. Una música como la de Stravinsky no puede ser ilustrada; uno debe tratar de encontrar un equivalente visual a lo que uno escucha (…). He hecho un trabajo de carpintería, como el ebanista une las formas y las diferentes maderas, para revelarle al ojo lo que Stravinsky nos ofrece al oído”.

Como en “Apolo”, intérpretes de lujo para “Agon”: Manuel Legris, Aurélie Dupont, Agnès Letestu, José Martínez, “étoiles”; así como los “premieurs danseurs” Alessio Carbone –cada vez mejor– y Jérémie Bélingard.

El contrapunto ideal de Balanchine, es desde luego, Forsythe, al menos el del período, al que corresponde “The Vertiginous Thrill of Exactitude”, creado en 1996 para el Frankfurt Ballet, y que la Opera de París baila desde 1999.

Sobre el “Allegro vivace” de la Novena Sinfonía de Schubert, Forsythe trabajó aquí con la sintaxis del lenguaje clásico. “Por el estremecimiento de la exactitud; por el estremecimiento de trabajar en un estilo neoclásico”, como él dijo.

Aquí se trata de un trabajo “deconstructivo” del código académico, pleno de referencias para todo aquel que las sepa reconocer, sin que deje de ser una obra clásica. Los fuegos que alumbró Balanchine en su momento, sólo Forsythe los encendió de nuevo, en su momento, también.

¿Qué tenía que hacer pues en este programa una pieza de Trisha Brown? Aparentemente, muy poco, a no ser por el contraste. Pero, ¡oh, delicia!, se trató de “O zlotony/ O composite”, creado especialmente para el Ballet de la Opera de París, con música original de Laurie Anderson, sobre un poema, “Oda a un pájaro”, del polaco Czeslaw Milosz. La elegancia de la oda, que canta el éxtasis del vuelo, y el más allá del ave, irreductible, fue visualizada en escena por Brown de una manera mística. Materia de la poesía y materia de la danza, en un “assemblé”.

Y, a agradecerles a sus intérpretes (los inmensos Aurélie Dupont, Manuel Legris y Nicolas Le Riche), como sin dudas Brown tiene también que hacerlo, que hayan hecho carne esta metafísica.

 
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