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New York City Ballet

La antigua historia vista de nuevo

Por Célida P. Villalón (USA)

La versión de “Romeo y Julieta” de Peter Martins reduce el ballet a dos actos y omite algunos personajes esenciales
La versión de “Romeo y Julieta” de Peter Martins reduce el ballet a dos actos y omite algunos personajes esenciales.
Fotos: Paul Kolnik. Gentileza de NYCB.
 
 

El estreno mundial de “Romeo y Julieta”, nueva versión de Peter Martins, marcó un hito en la temporada de la compañía. En otras funciones un repertorio con Balanchine, Robbins y Tchaikovsky copó la escena.

La nueva temporada del New York City Ballet en el State Theatre, (residencia habitual de la compañía en el Lincoln Center de Nueva York), comenzó con dos semanas de “Romeo y Julieta”, nueva versión de Peter Martins sobre la conocida obra literaria de Shakespeare, y la música que Sergei Prokofieff compuso.

Después que Leonid Lavrosky (para el Bolshoi, en 1940), Frederick Ashton (para el Real Ballet de Dinamarca, en 1955), y Kenneth MacMillan (para el Real Ballet de Londres, 1965) lanzaron al mundo obras magistrales del mismo título e historia. Un nuevo trabajo sobre la prosa eterna de Shakespeare podría resultar un esfuerzo atrevido para los miembros del elenco del NYCB, que se caracterizan por la rapidez y limpieza de los pasos, y no por expresiones dramáticas. Era lógico, no obstante, que hubiera grandes expectativas sobre su estreno.

La versión de Martins reduce el ballet a dos actos, con distintas escenas en cada uno de ellos, y omite algunos personajes, como, por ejemplo, Rosalinda, que aunque es marginal en el texto original, es muy importante para el desarrollo de la trama. Sin ella, ¿por qué va Romeo al baile de los Capuletos, donde ve a Julieta por vez primera?

El decorado escogido, original de Per Kirkeby, es un telón de boca de extraños colores y diseños. Un artefacto único en el centro del escenario cumple múltiples funciones. Al comienzo simula la entrada a un castillo de piedra, con una escalera añadida a un lado, para que Julieta descienda del balcón para su encuentro con Romeo. Ese mismo artefacto, al separarse en el centro y rodar cada lado hacia fuera, se convierte indistintamente en la celda del fraile Lorenzo, en la cama donde Romeo y Julieta consuman su amor, y por último, en la tumba de Julieta. El vestuario, de colores brillantes (rojos para los Capuletos, y azules y verdes para los Montescos) es original de Kirkeby y Kirsten Lund Nielsen.

En las catorce presentaciones consecutivas realizadas en un plazo de dos semanas, aparecieron diferentes repartos en los roles principales, todos jóvenes, y muy bien entrenados en las características del estilo Balanchine, pero inexpertos en efusiones teatrales. No obstante, varios de ellos fueron recompensados con promociones por su dedicación y esfuerzo.

Sterling Hyltin, y Robert Fairchild, tuvieron a su cargo varias veces los personajes titulares. Ambos, resplandecientes de juventud, y con magníficos bríos, no tuvieron dificultades técnicas, pero no hubo emoción en los Pas de Deux. La coreografía, repetitiva e insulsa, los hizo parecer más bien como si estuvieran tomando una clase de “partnering” (en pareja). Fairchild es más romántico que su compañera, no hay duda, pero Hyltin no logró avivar su ardor, como tampoco pudo avivar el suyo.

Por otra parte, David Ulbricht, brindó al role de Mercucio, brillantez y elocuencia. La magnifica técnica de este bailarín (si, merece ser llamado “virtuoso”), inspiró al coreógrafo a diseñar bailes de gran movimiento, muy apropiados a sus condiciones. Ulbricht, además, posee habilidad natural para actuar, y lo logra como el mejor de los actores. El tercero del grupo, Antonio Carmena, como Benvolio, supo mantener un alto estándar en sus bailes junto a Mercucio y Romeo; sin embargo, las magníficas facultades de Joaquín De Luz (español, igual que Carmena), como Teobaldo, fueron totalmente desperdiciadas, debido a la coreografía poco interesante que le fue asignada.

Jock Soto y Darci Kistler, en los roles de Lord y Lady Capuleto, dejaron bastante que desear. Soto, que abandonó su retiro para aparecer en esta obra, no es buen actor, y las escenas con Hyltin (desagradables y vulgares según capricho del coreógrafo), resultaron aún peor por la poca habilidad teatral de Soto, que llegó al paroxismo con la sonora bofetada que le plantó a la adolescente Julieta en la mejilla. Esta, a su vez, respondió a las demandas de sus padres como una maleducada quinceañera del Siglo XXI, y no como una gentil damisela de la edad media.

Las escenas de los Montescos y Capuletos en la plaza sólo adquirieron vitalidad en los duelos. Parecía como si estos veroneses desconocieran la historia original del feudo existente entre las dos familias. Por suerte, la orquesta, bajo la batuta de Maurice Kaplow, hizo sonar muy bien la hermosa partitura de Prokofieff.

Otro repertorio

En otros programas del repertorio, el titulado “Tres Maestros: Tchaikowsky, Balanchine y Robbins”, puede hacer sentir al espectador momentos de verdadero hechizo. Nunca la compañía pareció mejor que la noche que interpretó “Mozartiana” (de Balanchine), “Piano Pieces” (Robbins), y “Concerto de Piano No. 2” (Balanchine), todas obras que llevan la arrobadora música de Tchaikowsky.

Wendy Whelan y Philip Neal, danzando el tema y variaciones de “Mozartiana”, junto al dinámico Daniel Ulbricht, en la Giga, son un trío magnífico, especialmente Neal, siempre elegante, y soslayando las dificultades coreográficas como gran caballero de la danza que es.

En “Piano Pieces”, con Susan Walters como magnífica piano solista, Robbins mezcló su coreografía más lírica e inspirada, con danzas regionales, y otras llenas de picardía. En esta última, Joaquín de Luz hace muy suyo el estilo gracioso, y casi se roba la obra con su contagiosa alegría. En la parte de más lirismo, Jennie Somogyi y Jared Angle, crean una hechizante atmósfera mística, y por su parte, Jenifer Ringer, igualmente sola que acompañada de Ask la Cour, se deja envolver en la belleza de la música, y la hermosura de los pasos, para transportar al público a áreas de inmensa emoción y sutileza. Un verdadero regalo al espíritu.

El final del programa lo cubrió el “Concierto de Piano No. 2”, ballet clásico “a lo imperial”, con un nutrido grupo de 16 mujeres, y ocho hombres, además de dos “coriphées” de uno y otro sexo, Seth Orza y Sean Suozzi, con Faye Arthurs y Amanda Hankers;una semisolista, Teresa Reichlen, y la pareja principal, Sofiane Sylve y Jonathan Stafford. Sylve, magnífica bailarina procedente de Holanda, ha hecho muy suyo el estilo de Balanchine. Cada paso es delineado hasta aparecer en la más perfecta nitidez, y alcanzar una velocidad como pocas veces se logra en coreografías tan complicadas. De más está añadir que su “port de bras” es amplio y atractivo, y sus vueltas son espontáneas y bien centradas. Stafford no pudo hacer más que rendirse a los magníficos pies de su pareja. El estupendo pianista fue Cameron Grant, y las sublimes melodías de Tchaikowsky, no podían sonar mejor que bajo la experta batuta de Faycal Qaroui, quien dijo, en notas al programa “Es difícil imaginar ballet sin Tchaikowsky”.

Una noche que difícilmente podrá quedar en el olvido.

 
Sterling Hyltin, y Robert Fairchild, tuvieron a su cargo varias veces los personajes titulares, ambos resplandecientes de juventud.
 
 
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