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Teatro municipal

Luces y sombras de un coloso

Por Natalia Ramos Briones (Chile)

Marcia Haydée, bailarina brasileña, musa de John Cranko, y actual directora del Ballet de Santiago, en una obra de Maurice Béjart junto a la compañía.
Fotos gentileza de Ballet de Santiago.
 
 

Una de las plataformas más importantes para la danza en Chile y cuna del Ballet de Santiago, el Municipal acaba de cumplir 150 años. Su historia, sus desafíos y los caminos para recuperar al público.

Con la ópera Ernani de Giuseppe Verdi se inauguró hace 150 años el Teatro Municipal de Santiago, en pleno centro de la capital chilena. Fue el 17 de septiembre de 1857 y aunque nació como un escenario para la ópera, la danza fue ganando terreno durante el siglo XX, y tuvo su clímax en 1960, con la formación del cuerpo estable de ballet, hoy conocido como Ballet de Santiago.

Además de ser una plataforma para la creación de la danza nacional, el escenario del Teatro Municipal se ha ganado un reconocimiento por parte del mundo artístico internacional que ha valorado el trabajo de años. Nombres como el de Alicia Alonso, Natalia Makarova, Mikhail Baryshnikov y Rudolph Nureyev sonaron en el escenario del teatro. Por allí también pasaron coreógrafos como MacMillan o Béjart y entregaron los derechos de algunas de sus obras al Ballet de Santiago.

“Nosotros somos uno de los países donde pagamos menos a los artistas, algunas veces a mí me llega a dar vergüenza ofrecerles, porque comparados con otras partes del mundo tenemos un presupuesto bajísimo. Y los artistas vienen porque saben que hay un público que los espera, una seriedad y un afán de excelencia”, opina Luz Lorca, actual subdirectora de la compañía.

Como condimento están las divertidas e infaltables anécdotas que se suman con los años. Se cuenta que el mismísimo Baryshnikov fue perseguido por un murciélago en plena función y que Julio Bocca continuó bailando después de haberse enterrado un clavo en la mano al apoyarse en una bambalina.

Los extranjeros

En un inicio el arte de Jean-George Noverre sirvió como apoyo y mero añadido a las grandes óperas que se presentaban en el escenario del teatro. Sin embargo, la visita de la bailarina rusa Ana Pavlova en 1917 y 1918, en plena Primera Guerra Mundial, demostró al público chileno que la danza tenía peso propio entre las otras artes.

La llegada del Ballet Jooss, en octubre de 1940, para presentar “La Mesa Verde” marcó el inicio de un nuevo período para la danza en Chile. El expresionismo de la compañía no asustó al público que visitaba habitualmente el Municipal. La élite social que era en esos momentos la principal consumidora de espectáculos en el teatro estuvo muy interesada en conocer la novedad que traía la compañía de Kurt Jooss y no desaprobó esa experimentación.

“Los chilenos vivieron primero el espectáculo de la danza modernista, antes que la danza clásica, porque la gente que venía a hacer danza clásica a Chile era muy esporádica, y no había una intención de hacer obras independientes de ese estilo”, comenta la historiadora de la danza María José Cifuentes.

Junto a la compañía de Jooss, vinieron Ernst Uthoff, Lola Botka y Rudolph Pescht, quienes al año siguiente se establecieron en el país y en 1945, con el estreno de “Coppelia” con coreografía y libretos de Uthoff, dieron vida al actual Ballet Nacional Chileno (BANCH), llamado en esa época Ballet de la Escuela de Danza. Esta compañía perteneciente al Instituto de Extensión Musical de la Universidad de Chile, tuvo al Teatro Municipal como su hogar físico hasta el año 1957 cuando fue obligado a trasladarse al Teatro Victoria.

El cuerpo de baile

Octavio Cintolesi junto a Sara Nieto y bailarines de la compañía en un ensayo en 1980.
Foto gentileza de Poliakova.
 
 

La figura de Octavio Cintolesi fue fundamental en la historia del ballet y la danza sobre el escenario del Municipal. Alumno de Uthoff en el BANCH, a su regreso a Chile después de haber trabajado como maître de ballet de la Ópera de Zagreb en Croacia, decidió crear con un grupo de bailarines amateurs, el Ballet de Arte Moderno (BAM). Su intención era crear obras vanguardistas que rescataran la identidad nacional desde la técnica académica.

“Consideramos imperioso integrarnos a las fuentes, a la tradición clásica del ballet, para, nutriéndonos de ellas, extraer una expresión realmente contemporánea, activar la búsqueda de un modo nacional y americano”, escribió Cintolesi en un artículo publicado en 1961.

Su visión fue atendida y aprovechada por la Corporación Cultural de la comuna de Santiago, encargada de la administración del Teatro Municipal. Primero lo invitaron a hacer uso de la sala de ensayos y luego a formar parte con el BAM del primer cuerpo estable del teatro, con un bienvenido apoyo económico.

Instalado en el Municipal, sintió que debía entregar la danza a todos los chilenos, quienes contribuían al mantenimiento de la institución y no sólo a quienes pudieran pagar por ver una obra. Así comenzó un intenso período de giras nacionales, donde se presentaban en muy precarias condiciones. Ese hito fue denominado por la historiadora María José Cifuentes como la “danza social del BAM”.

En un principio fue muy difícil, la gente de las poblaciones más pobres les tiraban huevos y tomates, les gritaban cosas, “pero con el tiempo la persistencia de Octavio hizo que la gente se fuera encantando, y que después lo recibieran con galletitas, con leche”, dice María José.

Lorca, alumna de Cintolesi en la época del BAM, recuerda: “En los años ’60 nosotros tomábamos un micro de locomoción colectiva y llegábamos a los pueblitos uno detrás del otro. Éramos como gitanos, bailábamos en un lugar en la noche, dormíamos y después seguíamos a otro pueblito… y ese tipo de difusión nunca paró. Hasta el día de hoy hacemos giras nacionales dos veces al año, y por eso se considera al Municipal como uno de los grandes difusores del arte del ballet en el país”.

Segunda etapa

Cintolesi dejó la compañía por un tiempo y en 1980 regresó. Sin embargo, las cosas no fueron iguales que en el pasado. Había llegado el momento de la renovación. Y ese cambio llegó con el bailarín húngaro Iván Nagy.

“La gran gestión de Iván fue el cambio de mentalidad que generó en los bailarines”, opina. Tras la renovación del elenco, comenzaron las exigencias, los nuevos maestros de baile y coreógrafos de buen nivel. Ese período se caracterizó por tener una gran cantidad de estrenos y funciones del repertorio más variado. El número de presentaciones anuales se incrementó: “Pasamos a cinco abonos con seis funciones cada uno en sólo tres años. Muchos estrenos como “La Fierecilla Domada”, “Romeo y Julieta” o “Ana Karenina” tenían más de 20 funciones, todas llenas”, comenta la bailarina Sara Nieto.

Esa apertura y ese éxito masivo en el país se vieron impulsados cuando el Ballet Municipal fue invitado al City Center Theatre de Nueva York. Sara Nieto recuerda que la visita se vivió con mucho nervio y excitación: “Fue un gran desafío, pero dejamos muy bien puesto el nombre de Chile”.

Los desafíos de hoy

Con la partida de Nagy, Lorca tomó las riendas hasta la llegada de Marcia Haydée, la bailarina brasileña, musa de John Cranko, quien cumple un segundo período en la compañía desde 2002.

Pero naturalmente no todo ha sido color rosa, el Municipal ha pasado por diversas crisis que han hecho tambalear su existencia. Más allá de los terremotos económicos, que se han venido generando sucesivamente, la situación más preocupante es la falta de reconocimiento por parte del público, de la importancia histórica y actual del Ballet de Santiago, que se ha traducido en una caída en las ventas de entradas para ciertos espectáculos. “Tuvimos la experiencia del Homenaje a Cranko. Fueron dos obras maravillosas, que en cualquier parte del mundo la gente hubiera hecho cola para entrar y acá nos costó mucho que tuviera media sala”, comenta Lorca.

Según Nieto, para recuperar al público hay que “presentar nuevos estrenos, destacados bailarines internacionales, algo como lo que pasó en la década del ’80, para encantar al público. Y no descuidar la escuela. Allí está el futuro de los bailarines chilenos”.

Lorca lo sabe. Sabe que “Giselle” o el “Cascanueces” en Navidad son cartas seguras, pero también quiere poder mostrarles a los chilenos algo nuevo por eso el Ballet está tomando ciertos desafíos y ha optado por un equilibrio. Así, este año además de presentarse “El Lago de los Cisnes”, se incluyó la nueva versión de “Salomé” que cautivó a la gente. Y acaba de estrenarse la nueva versión de “La Bayadera” con coreografía de Luis Ortigoza, primer bailarín estrella de la compañía.

De hecho para celebrar el aniversario de los 150 años del Teatro, el Ballet de Santiago preparó una presentación especial denominada Gran Gala, con “Serenade” de Balanchine, “Bolero” de Béjart y una selección de los más famosos pax de deux, interpretados por los primeros bailarines de compañías internacionales como el Ballet Nacional de Cuba y el Ballet de Stuttgart, entre otros. El público llenó el teatro durante las tres funciones.

 
El regalo de Ortigoza al Municipal
 

El gran creador

Quienes trabajaron con Octavio Cintolesi, consideran que fue un visionario, invitó a los coreógrafos más importantes, como Nicolás Beriosoff quien remontó “Las Sílfides”, a bailarines de renombre como Margot Fonteyn y Michael Somes, quienes bailaron junto al BAM como cuerpo de ballet en 1960, y abrió el ballet a grandes maestros de baile quienes perfeccionaron la técnica de los bailarines. “El desafío fue gigante, los cuerpos chilenos no estaban formados como los cuerpos europeos. Muchos coreógrafos llegaban y se querían ir a la semana porque se daban cuenta de que venían a un país donde no existía cultura clásica”, agrega María José Cifuentes.

Si bien Cintolesi rescataba el repertorio del ballet clásico y romántico, hizo una renovación al crear muchas obras en las que usó valores propiamente chilenos y americanos. Invitó a pintores nacionales para que trabajaran como escenógrafos y utilizó a músicos populares contemporáneos para sus creaciones. Ese fue el caso de la obra “El grito” en la que participó Yolito, el percusionista del conjunto de cumbia tropical “Yolito y su combo”. También trató las temáticas nacionales, “La Candelaria” fue una obra en la que rescató la leyenda del norte de Chile sobre la virgen.

Luego de un período de ausencia Octavio Cintolesi volvió en 1980. En este período, un hito importante fue la llegada de la uruguaya Sara Nieto como primera bailarina del Ballet. Sara recuerda que a su llegada a Santiago el Teatro Municipal la impresionó: “¡Me encontré con un teatro vivo! En una sala ensayaban músicos, en otra cantantes, el ballet estaba activo, y en un teatro maravilloso”.

Luz Lorca recuerda: “Octavio hizo cambios pero no tenía la misma energía, no tenía la paciencia, no estaba con ganas de crear otra vez y se fue, y ahí empezamos a organizar la gran reestructura del Ballet Municipal”.

 
El Ballet de Arte Moderno, fundado por Octavio Cintolesi, fue la piedra fundamental para la creación del Ballet de Santiago.
Foto Archivo BS.
 
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