Con “La Bella Durmiente”, la compañía de Nueva York llegó al Kennedy Center de Washington D.C. en su segunda presentación de la temporada. Los protagonistas fueron Paloma Herrera y David Hallberg.
Desde el primer estreno del ballet “La Bella Durmiente” en 1890 en el teatro Mariinsky de San Petersburgo hasta hoy, han pasado infinidad de versiones. Coreógrafos más o menos ingeniosos han buscado efectos tanto coreográficos como visuales que diferenciaran sus creaciones del resto. Poco puede hacerse en ese campo. Este ballet, en un prólogo y tres actos, creado por el genio de Marius Petipa con música de Piotr I. Tchaikovsky, tiene tres ejes fundamentales que recaen exclusivamente en los solistas. Fuera de ello todo puede variar en mayor o menor medida que no afecta mayormente el resultado final.
Para que una “Bella durmiente” sea propiamente tal, el Adagio de la Rosa, en el primer acto; el pas de deux del sueño en el segundo y el grand pas de deux del tercer acto final, son fundamentales y, por lo general, no admiten excesivos cambios entre una y otra versión.
La que llevó el American Ballet Theatre al Kennedy Center respeta esos códigos y se escapa en las variaciones de las hadas o en los bailes de conjunto. El director de la compañía, Kevin McKenzie, en colaboración con Gelsey Kirkland y Michael Chernov intentaron renovar ciertos pasajes de este cuento de hadas escrito en 1697 por el francés Charles Perrault. Pero sin duda, mantuvieron el toque naíf de cuento infantil, especialmente en el vestuario, que rescata ciertos colores con excesiva intensidad.
Y si bien “La Bella Durmiente” es un ballet que permite y exige el lucimiento de las hadas en sus respectivas variaciones, en este caso esas variaciones sólo permitieron confirmar que la compañía tiene buenas bailarinas solistas como Verónica Part (Hada de las Lilas), María Ricetto (Hada de la Sinceridad), Yuriko Kajiya (Hada del Fervor), Sarah Lane (Hada de la Caridad), John-Jing Fang (Hada de la Alegría) y Stella Abrera (Hada del Valor). Pero ninguna de ellas brilló por las sutilezas en sus variaciones.
En el plano narrativo, nada ha variado del resto de las versiones tradicionales, con excepción de la simplificación de algunas secuencias.
En el prólogo, que se desarrolla en el palacio del Rey Florestán donde se festeja el bautizo de su hija recién nacida, la princesa Aurora, la aparición de la malvada hada Carabosse es un punto dramático determinante. No obstante esta aparición en medio de un efecto visual semejante al de un rayo, Martine Van Hamel en el rol de Carabosse no presenta el peso dramático que determinará el curso de esta historia. Ni parece tan malvada, ni sus poderes maléficos parecen tanto.
Cuando la princesa cumple sus dieciséis años, el temor por la amenaza de Carabosse sigue en pie.
Paloma Herrera hace su aparición estelar como princesa Aurora. Con esplendor y magnificencia el Adagio de la Rosa, uno de los pasajes más bellos de esta obra, cobra vida propia con su interpretación. Sus estupendos equilibrios y su calidad técnica completan una Aurora radiante y juvenil.
En el segundo acto, cuando ya han pasado los cien años en los que Aurora debía dormir un sueño casi eterno, en un claro del bosque el príncipe Desire (David Hallberg) pasea con sus amigos. El Hada de las Lilas hace que el príncipe tenga una visión de la princesa Aurora y se enamora de ella. El Hada de las Lilas lo conduce por el bosque hasta que llegan al palacio. Hallberg es un bailarín correcto –especial para cubrir roles como este– y un excelente partenaire.
Una vez que se rompe el hechizo con el consabido beso, el tercer acto se convierte en un despliegue de virtuosismos donde a su vez se incorporan los personajes de los cuentos de hadas: el Gato con Botas y la Gata Blanca, Caperucita Roja y el Lobo, Cenicienta y el príncipe Fortuna, el Pájaro Azul y la princesa Fiorina, cortesanos y cortesanas.
Herrera volvió a mostrar su solidez y sus sutilezas de gran bailarina clásica en cada una de las secuencias de este magnífico pas de deux, mientras Hallberg fue el complemento ideal de un final feliz en el que la danza queda coronada sin lugar a dudas. |