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Anécdotas: Olga Spessitseva

La bella que salió de Rusia

Por Isis Wirth (Alemania)

La bailarina llegó a Londres en 1921 por primera vez para estrenar “La Bella durmiente” en la versión de los Ballets Russes de Diaghilev. Un fracaso artístico que sólo dejó ver las virtudes de la protagonista.

La gran Olga Spessitseva fue conocida por primera vez en Europa gracias a los Ballets Rusos de Diaghilev, quien preparaba una versión de “La bella durmiente del bosque” –fue la primera vez que el ballet de Petipa salía de Rusia– en Londres, en 1921.
Diaghilev supo que Spessitseva, ya una soviética bailarina de renombre aunque joven, había obtenido un pasaporte para salir de la Rusia bolchevique y que estaba en Riga. También el empresario estaba preocupado porque se decía que estaba enferma de tuberculosis, desvalida, sin dinero ni atención médica, nada raro en esos años de hambre y frío que debieron pasar bajo el régimen comunista. George Balanchine asimismo contrajo la enfermedad.

Diaghilev emprendió gestiones con Riga, y Spessitseva arribó a Londres, aún si los ensayos para “La bella…” ya habían comenzado.

Apenas llegada de Riga, Spessitseva se presentó para tomar la clase con la compañía, como tiene que ser. Boris Kochno recordaría ese primer día:

“Cuando entré al salón junto con Diaghilev, Spessitseva estaba trabajando en la barra. Entre todos los otros bailarines, que usaban leotardos negros, ella parecía algo extraño pues estaba vestida con un tutú amarillo, completo, y no tenía el pelo recogido sino que le caía suelto sobre la espalda. Comenzó a ensayar la variación de Aurora. Los otros, que estaban trabajando en lo suyo, se detuvieron uno a uno para contemplarla, paralizados, para observarla. Sonriendo, se movía con una serenidad extraordinaria y facilidad, y los pasos virtuosos que ejecutaba parecían simples y naturales. Nunca tenía que buscar el balance, parecía estar sostenida por un hilo invisible. Al final de la variación, hubo un silencio largo y admirativo, hasta que el salón estalló en aplausos”.

Tal como consta en los documentos históricos, esta “Bella…” fue un fracaso, “pese a la maravillosa Spessiva” ( Diaghilev le acortó el nombre), según consignan varias memorias. Nicolás Sergueiev se había traído desde el Mariinsky sus anotaciones de la coreografía de Petipa, pero Diaghilev le pidió a Bronislava Nijinska que coreografiara nuevos números para la escena de la caza y una variación para la Visión de Aurora, así como otros en el tercer acto. Sergueiev se indignó con esta inserción novedosa de Nijinska y abandonó a Diaghilev apenas antes de que comenzara el estreno.

Ah, Diaghilev obsesionado con la “novedad”. “Sorpréndeme”, era su divisa. No podría ser catalogado como “enemigo” del ballet clásico, pero tampoco era un amigo. Hay que reconocerle, sin embargo, que aportó su energía y su entusiasmo a que “La bella…” se presentara fuera de Rusia. Desde luego, fue acicateado para ello por los “elementos conservadores”.

No obstante, el fracaso no se debió a las nuevas coreografías de Nijinska, sino a que el público de Diaghilev no estaba acostumbrado a degustar lo más grande del ballet clásico, ¡y montado por Sergueiev!, entonces la memoria viviente. ¡Qué desperdicio!

Acaso muy pocos comprendieron que esa obra, bajo el título de “La princesa durmiente”, era el “ballet de los ballets” que decía Nureyev. Los intelectuales de Bloomsbury lo consideraron “old-fashioned”, y Lytton Strachey dijo que “lo había enfermado” (“made me sick”). ¡El colmo!: adujeron que especialmente la música era una degradación.

Una muestra de la subversión que ya había efectuado Diaghilev: los críticos se interesaron más en los diseños que en la danza. En “The Sunday Times” se escribió que había sido el “suicidio de los Ballets Rusos”.

La crítica al menos se refirió a que “Spessitseva bailó con perfección”, pero no fue indulgente con ella. La pobre Olga, tuvo que soportar además la vigilancia de un policía bolchevique, que había venido con ella desde Rusia, y no le perdía ni pie ni pisada. Esto ya ¡en 1921! Muchos años después, harían lo mismo los comunistas, y no sólo en Rusia, con todos los artistas del ballet, incluido Nureyev que todavía en su lecho de muerte le tenía más miedo a la KGB que al Sida, la enfermedad que terminó con él.

Para permitirle la entrada al policía al teatro y a los salones del ballet, se le otorgó a la sombra de Spessitseva un pase con el nombre de “Kommisarov”, quizás por aquello que decía Jorge Luis Borges que “el nombre es arquetipo de la cosa”.

 
Olga Spessitseva tuvo que soportar durante las funciones con los Ballets Russes la vigilancia de un policía bolchevique, que había venido con ella desde Rusia.
Foto: ballettalk.invisionzone.com/
 
 
 
 
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